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Poesía amurallada (diciembre 2002)
“De pronto parecen venir unas ganas inmensas de escribir algo importante, pero sucede a menudo que no es en el momento más adecuado. Ya sea porque no tengo una hoja de papel a la mano, ni siquiera una servilleta, y menos aún, algún bolígrafo o crayón, todo ese pensamiento se vuelve efímero y después doloroso. Las ideas se rebaten entre sí y queda al final un melange de letras espantoso que se arrastra suave envuelto en luz, viento o ruido hasta perderse en la lejanía o morir aplastado contra un muro. Y así es como trabaja el mundo de las ideas en mi cabeza, gozando inoportuno y poco fiable. Es cierto, los pensamientos los tenemos, en parte, instalados en la cabeza, así como por default. Pero también es el mundo exterior el que otorga la capacidad de darle cierta forma a ese mazacote, de amasarlo, cocinarlo, servirlo y comerlo en un instante; convertirlo en frases entrecomilladas que vuelan por nuestra frente y nos hacen sentir inteligentes y productivos, al menos así me sucede...” pensaba el poeta mientras veía a su amada convertida en un charco de negras letras justo a un lado del muro, sobre el suelo. Había dejado una pequeña mancha sobre la pared blanca y habría que limpiarla después.