Xocolatl Fue en Oxaaac, el mes de junio recién pasado, cuando tuve la oportunidad de ver algo que se asemejaba a un acto de sortilegio: la molienda del cacao. ¿Cómo era posible que una semilla aparentemente seca, sin vida y hasta grisasea entrara por una canaleta y tres segundos después saliera convertida de entre dos piedras en líquido marrón de consistencia pastosa y brillo fascinante? Un aroma delicado y apetecible envolvía el molino y a los que tres que estábamos cerca. Es la primera molienda – dice sabiondo el molinero mientras arrastra con una espátula el lodo rico de cacao, canela y almendra a un traste. Alej y yo nos miramos preocupados por lo que pudiera ocurrir en la segunda. La magia no se pierde, se refuerza, pues descubrimos que el señor despega de las paredes metálicas del molino lo indespegable marrón. El truco: azúcar de grano y unas manos de frotada, o al revés. Viene la segunda, pero para nuestra lógica que espera todo empiece otra vez por donde empezó hay engaño pues se usa el molino de junto. Ya se pone en la canaleta el cacao pastoso y tostado con su azúcar, su canela y su almendra diría Don Chon, pero él no está aquí sino en Pino Suárez, así que esas palabras no se escuchan. Se escucha al moledor que hace ruido cuando enciende el motor eléctrico y ya no se ve magia, pues igual entra pasta caéf, igual sale pasta acfé que no siempre es lo mismo. La magia efectivamente no se ve, ahora se gusta en el gusto: antes los granos de azúcar, después liso todo. Ya vamos saliendo contentos, deseando que ese chocolate sea el más rico del mundo o el mundo más rico de chocolate. Y que el Mayordomo ya no esté más en La Soledad, pero que tampoco esté con su Señorío, sino que se vaya con Chaguita, don Emilio, la Abuelita y los Pacos por un pan de cazuela, que aunque esté duro, se acompaña bien con un cedrón en la Casa del Mezcal, allá por Matatlán, pasando Yagul y Tlacochahuaya, local B, junto a las Libres Tortas de Lechón del Habana.