27 de septiembre de 2004. El valor de un alimento Es un tema que ya venía queriendo plasmar en letras desde hace tiempo, y refiere a una discusión amplia, y problablemente como la mayoría de las discuciones, sin un fin conforme. Hace tres meses estaba sentado en la chocolatería Mama Sarita con un amigo y su novia. La casualidad (tema que abordaré posteriormente) nos había juntado ahí, y estabamos de pronto hablando sobre alimentos. Ellos acostumbran(aban) merodear por estos infames cafés nuevos que han plagado la ciudad, los Starbucks (tema que abordaré en otra ocasión), y me contaban que el chai(1) que sirven ahí es bastante bueno. Yo me espanté al escuchar que eran contribuyentes a la subsistencia de los Starbucks e inmediatamente les comencé a platicar un poco sobre el valor de los alimentos. En la actualidad es una tendencia indiscutible que todo alimento nos llega a las manos ya casi en la última fase de preparación, listo para comer o fácil de cocinar. Esta es un arma de dos filos (ambos malos): Primer filo - "no entiendo lo que como". Comer primero fue instinto, luego placer, y ahora parece ser de nuevo instinto o placer despreocupado. Debemos tratar de reflexionar el alimento que vamos a ingerir. Cuando nos llega una manzana a las manos no imaginamos todos los procesos que hay detrás de ella, como tampoco nos ponemos a pensar todos los caminos que recorrió un curry para llegar hasta nuestras despensas. Comemos las cosas meramente por el placer que nos causa al paladar, a la satisfacción sensorial, a la barriga llena, corazón contento. Comer por placer está bien, pero estoy seguro que un alimento que se reflexiona y se entiende puede "cambiar su sabor" para ser aun mejor, para rechazar el alimento que antes se comía con cierto palcer o para incluir en la dieta(2) uno antes rechazado. Un ejemplo dejará todo mucho más claro: tomar cerveza es placentero pues tiene un sabor amargo, puede llegar a ser dulce, gaseoso, que deja un aroma en la cavidad bucal y además se deja sentir el líquido frío mientras recorre el esófago. De acuerdo, pero que tal la próxima vez que tomemos una cerveza nos acordamos de la antiguedad del invento, de los años transcurridos entre el inventor de la bebida hasta el día en que estamos ahí sosteniendo una embotellada, del trabajo de la cebada en el campo, de lo que significó que la planta se cultivara, creciera y se cosechara, del trabajo que hubo para fermentarla y convertirla en el amable líquido de colores ámbares... es decir que una cerveza puede saber mucho más que a cerveza, un alimento puede saber a historia, a trabajo, a esfuerzo, a costumbre, a país, a idosincracia... De esta forma uno tal vez querrá probar un tejate a la mañana siguiente y dejará a un lado los chais de Starbucks. Segundo filo - "el aplastante tiempo". La alimentos dijimos, nos llegan ya casi listos para llevarse a la boca. Esto representa por una parte una inmensa ventaja sobre todo en cuanto a ahorro de tiempo se refiere: en la gran urbe de México los minutos vuelan entre los edificios y calles y la gente va apresurada de un lado a otro. Entre trabajos, escuelas, negocios, oficinas, transportes ya queda poco tiempo para dedicarle lo necesario a una actividad que ha dejado de ser importante para la vida: la alimentación. Entonces es fácil encontrar los puestos de comida rápida, tacos y frituras engentados, los estantes de vacios de sopas Maruchan y miles de motociclistas que llevan en menos de 30 minutos pizzas, sushi, empanadas y tortas hasta la comodidad del hogar/oficina. Es fácil observar que se ha perdido la atención en la buena alimentación y en el valor de los alimentos cuando leemos en una revista las estadísticas de obseidad en el mundo. La población no está consciente de lo que come y es aterrante saber que hay una despreocupación absoluta alrededor. Vemos entonces que los alimentos son plurivalentes: tiene valor sensorial, valor cultural (geográfico, religioso, histórico, festivo, de tradición, de costumbre, de ciencia, de tecnología) y valor nutricional. Estamos en una época meramente sensorial, la mayoría a través de los ojos, en el caso de la comida, a través del gusto. De acuerdo, pero cuando vemos un cuadro azul de Klee sin mayor contexto lo mandamos a la mierda y hablamos pestes de el y él. Si entendemos las razones por las que lo pintó probablemente compraremos la postal a la salida del Pompidou o tengamos suficientes argumentos para hacer que lo quiten de las paredes y lo pongan de tapete a la entrada de nuestras casas. Así debemos tratar a ratos también a la comida. Entender lo que se come nutre también el alma. Ahora, es cuestión de decidir. Habrá quien vaya a Starbucks, compre un chai o un "café" lleno de azúcar y se le haga fácil decir que lo hace "por que le gusta". Habrá quien prefiera ir por un café real o chai a algunos de las cafeterías tradicionales y no tradicionales de Coyoacán, San Ángel, Tlalpan, la Condesa, Polanco, el Centro Histórico, etc, y quiera aportar un granito de arena para evitar que desaparezcan esos negocios a la voraz sombra de una cadena de origen y caracter estadounidenses que ofende y maltrata nuestra ciudad y cultura. (1). Te Chai es una redundancia. (2). Entiéndase por dieta los alimentos que son ingeridos diariamente por un individuo. ESTE TEMA ESTÁ ABIERTO A DISCUSIONES Y APORTACIONES QUE SE QUIERAN HACER: arturo@artesculinarias.org TODO TEXTO RECIBIDO SERÁ PUBLICADO EN SU ORIGINAL SIEMPRE Y CUANDO NO DIGA ESTUPIDECES, EL JUEZ SOY YO.