30 de septiembre de 2004 El sabor de los recuerdos Entre café, chocolate y bisquet con mermelada de fresa recordamos momentos en los que la inocencia todavía nos servía de telón frente a la realidad, a veces dura, a veces hermosa, del mundo. Ella nos comenta una imagen hermosa: junto con su mejor amiga escarba el patio del jardín y pronto se topan con una superficie dura, de color anaranjado. Se miran entre preocupadas y emocionadas pues piensan que se han topado con el techo de un vagón del metro y dejan de tallar y golpear pensando que las personas ahí abajo se molestarán. La ilusión dura pocos segundos pues tiempo después se dan cuenta que no es más que un ladrillo enterrado. Una voz les llama desde la casa y todo es perfecto, a pesar de la tierra entre las uñas y las manos negras, pues dentro aguardan a la mesa quesadillas con tortilla de harina, chocolate caliente y bisquets a la mitad con mermelada de fresa. Alguien que no recuerda no ha vivido, ¿qué seríamos sin memoria? Guardo una imagen que me produce mucha emoción recordar, pero no lo hago tan seguido pues puede que "se gaste". Estoy pequeño y mínimo, la cocina de la casa del treinta y dos de Coyoacán está envuelta en una luz de atardecer que entra a través de la ventana. La madera de las puertas en la despensa parece arder levemente y apenas una abertura deja surgir algunos botes y bolsas. Es de esas pocas veces que puede verse el polvo moviéndose en el aire, jugando como si una fuerza extraña le obligara a hacerlo pues no hay nada más en acción. Y ahí estoy parado a un lado, con cuchara en mano y con una buena ración de leche Nido en polvo dentro de la boca que poco a poco va humedeciéndose y haciéndose pastosa. Se pega en el paladar y la lengua trabaja minera haciendo el gusto dulce y harinoso. Casi puedo sentir la ropa que traigo puesta, la calidez del ambiente y el lento movimiento de mi boca, mientras soy rey en la casa que con padre en el trabajo, madre y hermano en la escuela de música de Xicoténcatl, me guarda silenciosa. Hay más recuerdos alrededor de la comida. Están por ejemplo, las empanadas gallegas en casa de la abuela junto con un vaso de leche siempre ofrecido, galletas de anís y polvorones de almendra. En casa también estaba la eterna batalla con la papaya y el melón al desayuno que finalizaba casi siempre con huevo revuelto. Un par de ocasiones la cena daba honor a lo que llamábamos "el día de las cochinadas" y nos era permitido comer con las manos y ensuciarnos hasta la conciencia. Los pasteles, galletas y mermeladas fueron constantes en mi infancia, sobre todo la mermelada de zarzamora que pagó parte de un viaje para mi hermano a España. Infinidad de guisos más desfilan por mi cabeza recordando a mi madre como gran amiga de San Pascual Bailón. En casa de Raúl están los cincuenta yakults (o como se escriba la marca) que sí recuerdo y que sí viví, mientras que la segura diarrea en que se convirtieron la olvidé por completo. También nos tomábamos litros de leche en tetrapack para poder usar el envase en la llanta trasera de la bici y hacer ruidos de motor. Están también en la memoria los helados y el café de la Conchita, muchos de ellos gratuitos, y alguna vez los desayunos en el mercado con Dionisio, los sándwiches odiosos del recreo que tenía que pasar con agua de limón asoleada o los gansitos de 50 centavos en la papelería. La casata, el bacalao, la ensalada de manzana y piña y el caldo de camarón aparecían más bien en la Navidad y días similares, mientras que la rosca en enero trajo alguna vez tamales para la Candelaria en nuestra mesa que, curiosamente, acabo de notar, es la que sostiene la computadora donde redacto ahora e incluso conserva las sillas de toda la vida, sólo que ahora funge como mesa de estudio. Y ahora pienso en mi eterno lugar en la mesa, a mi izquierda madre, al frente padre y a la derecha hermano, el mismo esquema hasta hoy en día, sólo que mi lugar era privilegiado pues en la casa anterior cubría con la vista toda la cocina y podía anticipar cuando los alimentos ya estaban a punto de ser traídos a la mesa. Algún domingo me levanté temprano y preparé el desayuno para la familia siguiendo las costumbres, y eran esos días en los que probablemente mis padres más me admiraban. Pero no todo es felicidad alrededor de la mesa, también hubo terribles peleas y discusiones, castigos al sótano de la casa a "reflexionar", corretizas, insultos, escupitajos, golpes y silencios atormentadores. Al fin y al cabo hubo vida.