3 de octubre de 2004 Triste Abastur Miércoles, jueves y viernes de esta semana ya casi caduca, se montó en el Hipódromo de las Américas la conocida feria de Abastur, donde gente dedicada a la industria hotelera/restaurantera se reúne bajo un área inmensa a buscar, conocer, contactar y tratar con diferentes empresas que ofrecen todo tipo de productos innovadores y de antaño. Ahí dentro se vive un ambiente de negocios pero también un ambiente de alardeo y narices respingadas, que a ver quien es el que la tiene más. Es el olimpo para personas como Olivier pues todos los ojos están volcados sobre este franchute del asco. En fin, eso poco me importa y si yo voy es por que me interesa conocer la tecnología y productos que ahí se exhiben orgullosos y poder opinar al respecto, pues no es válida una opinión sobre algo que no se ha experimentado de forma alguna. Efectivamente uno encuentra objetos preciosos, de alta calidad de manufactura, como cuchillos, raspas, batidoras, hornos, utensilios generales de cocina, platos de formas sorprendentes, cristalería de la más alta calidad y materias primas que van desde el chocolate hasta comida congelada. Pero también se puede encontrar con gran tristeza y como tendencia general una gran cantidad de máquinas-robots que intentan ridículamente igualar el trabajo del hombre y con esto atraer a empresarios que desean reducir sus gastos de nómina. Es la tendencia del "no pensar" expresada en términos culinarios. Por ahí encontré un hombre vestido de chef francés (de blanco con el gorro altísimo) que promociona entusiasta el nuevo "self-cooking" (autococinador) y con un micrófono de diadema grita para todos lados lo maravilloso de su máquina, que si mezcla, pica, sazona, cuece, barniza, rostiza y hasta se lava sola. A él le pagan por hacer eso, pero de lo que seguramente no se da cuenta es de la manera abominable en que está desvirtuando la profesión que él mismo eligió como forma de vida. Triste, muy triste lo que vemos. La tecnología definitivamente es algo bien útil, pero para todo hay límites. ¿A dónde se pretende llegar? ¿Al día en que no haya ningún hombre en actividad? La tecnología puede significar un gran avance, pero también un gran retroceso, pues con su implementación excesiva se pierden plazas humanas, se pierde el sentido cultural y tradicional del quehacer humano, se pierde el valor del trabajo y pronto, al paso marcado, ya no necesitaremos entender ni pensar sobre nuestras actividades más esenciales cómo lo puede ser la alimentación.