20 de octubre La vida sin mí Vengo regresando del cine. La película me dejó francamente triste. Triste aún más pues recordé a mi tío Raúl. Y entonces me vienen a la cabeza los pensamientos de la protagonista: cuando uno va a morir, entonces entiende que todo lo que rodea al hombre no es más que un intento por retener más tiempo la vida, por olvidarse segundo a segundo del inevitable fin: los aparadores, las ropas ahí colgando, los colores, la formas, las figuras, etc. El pan que cada día llevamos a nuestra boca es también esa conquista efímera, el abyecto intento de vivir un día más. Es el alimento el fuego que nos mueve, es prolongador de vida y retenedor de muerte, regocijo de cuerpo y alma. ¿Por qué ofrecerle a los muertos comida? No sé, lo voy a investigar. De la película hay dos lecturas. Debo vivir cada día como si fuera el último de mi vida. Pero haga lo que haga, la muerte es inevitable y cuando llegue por mi el mundo seguirá su marcha, la gente continuará comprando en los supermercados y quizá comiendo ratatouille y por qué no, chiles en nogada en Niza. ¿Cómo será la vida sin mí? – pregunta angustiado un pescado a otro. El océano se secará y todos lloraremos por ti – le responde su compañero, un poco diciéndole lo que todos quisieran escuchar. ¿Y si eso no fuera cierto? ¿Si no logro todo lo que en mi vida soñé? – insiste dubitativo el pescado. No te preocupes, los muertos no se arrepienten. – dice sabio el compañero.