24 de octubre En busca de la mesa perdida Las mesas, si pudieran hablar, sabrían contar historias sorprendentes de ficciones, sueños, declaraciones de amor, regaños, discusiones, divorcios, firmas de negocios multimillonarios, invitaciones indiscretas, indiscreciones invitativas, planes futuros, papiroflexia y variedad ilustrativa de temas. Sin embargo, en una reunión de mesas, habría una que se quedaría esquinada, un poco fuera de la vista de las demás, sería la de mi casa. Mi madre lo dijo hoy, en su casa la comida era una fiesta en la que todos hablaban, reían, conversaban y se entendían con gratitud, entusiasmo y seguramente también alguna que otra vez con el muy humano enojo. Acá, en mis días, en mi realidad, la situación parece, en palabras de mi madre, un velorio. Y si, efectivamente, se nos murió la buena actitud de comunión, de comunicación, de aliviane y entendimiento. Escuchamos, cuando se da la casualidad de que comemos los tres juntos (mi hermano está en París), las pinches aburridas noticias de radio UNAM o si no música de violines o pendejadas por el estilo, que en lo particular, pienso nunca escuchar cuando viva sólo o con familia, por temor a recordar estas odiosas "sesiones familiares". Comer se convierte en una pesadilla rodeada de miradas hacia el plato, de silencio de piano cerrado, y yo me siento como un caballo y no quiero ni girar la vista hacia arriba o los lados, que terrible. Siempre han sido arranques de furia o intromisiones o injusticias o gritos que no tienen lugar ni sentido y simplemente me han dejado muy mal sabor de boca. Ni siquiera puedo disfrutar la comida como yo quiero, que carajos! Mejor comer siempre sólo! En fin, mi mesa no tiene mucho de que hablar, es una mesa sin buenos recuerdos, una mesa gris, plana, y por eso se queda arrinconada y no habla de ficciones, sueños, discusiones, arreglos, planes, papiroflexia, gastronomía, Edit Piaf o las extraordinarias notas de Besh o Drom.