9 de noviembre El hotel de Chachalacas Llegó un día a casa con un folleto que había tomado del consultorio del homeópata loco. Lo mostró a su marido quien tras leer la portada del tríptico la miró y dijo resueltamente – pensé que nunca lo encontraríamos -. Una semana después se hallaban camino al Hotel Chachalacas decididos a encontrar el platillo más sabroso que alguna boca pudiese saborear. Era la oportunidad perfecta para ambos, lograrían consumarse gourmets auténticos. Según la voz serena que le había informado a él a través del teléfono, una vez en el hotel, alguno de los días, sin que ellos lo ordenasen llegaría hasta su mesa el platillo más apetecible del mundo. Habían pasado ya tres días entre bajar a las dunas y tomar té en la terraza del cuarto. Eran cerca de las ocho de la noche cuando ella le propuso subir a merendar. Tomaron la mesa más alejada de la entrada al lugar y se sentaron uno frente al otro. Había sido extraño pues nadie los había recibido a la entrada y parecía no haber ninguna persona de servicio a la redonda. Él se levantó al baño y dejó instrucciones a ella sobre que ordenarle en caso de que se acercara algún mesero en su ausencia. Pasaron cerca de diez minutos sin que nadie apareciera, ni siquiera él había vuelto. De pronto se escucho un grito ahogado y lejano, pero ella no se alarmó. Sabía que dentro de cinco minutos se acercaría alguien a dejarle en un plato un tanto hondo y muy blanco el corazón aun fresco de su acompañante. Mientras tanto elegiría en su viejo directorio la siguiente cita.