10 de noviembre Cocinando en La Bombilla Es tarde y ha sido un día de compras en la Merced y cocina en la Bombilla. A la primera, la Merced, no la había visitado desde que comencé a escribir textos específicamente para el diario gastronómico, así que fue grato volver una vez más, esta vez sin la guía de Escamilla, y ser reconocido por algunos de los vendedores de toda la vida. Después de una perdida interminable logramos dar con la única tienda donde sabíamos desde el principio que sólo ahí encontraríamos los cabestrillos para trufa. Lo demás fue sencillo, incluso la parte de contar 320 guayabas y vaciarle una de las canastas del puesto a la marchante que seguramente quedó más contenta que nosotros. Luego el camino de regreso ya más que conocido: metro línea rosa dirección Observatorio hasta Juanacatlán y unas cuadras a pie. En el taller, pues así le decimos frente a los desconocidos, ya había comenzado el trabajo un par de horas antes con otras personas del equipo que ya habían llegado, cortando y tostando miles de panes Maravilla para hacer crotones. Como casi siempre se cocina para muchas personas es importante asegurarse un lugar cómodo y con gente alrededor si se quiere platicar y distraer un poco lo hipnotizante que puede llegar a ser lavar, cortar y vaciar 320 guayabas. Así hoy nos juntamos alrededor de la mesa enorme de madera que hay en la cocina para hablar entre otros temas de cortometrajes con historias trilladas, de hijos que se llaman Sebastián y se disfrazan de perico para pedir calaverita, de la vida. Después de un rato en el que parece que las guayabas en una cubeta nunca dejarán ver el fondo las cosas comienzan a tomar forma y comienzan a saltearse y guisarse algunas cosas en los fogones que alguna vez también compramos en la Merced. Coq au vin, pollo con miel, brochetas de cerdo, y el pan sigue y sigue siendo tostado hasta el final del día cuando ya se van yendo poco a poco los cocineros y cocineras y nos vamos quedando en una charla que oscila entre el chiste barato y el cansancio, y a la vez intentamos una orquesta con ollas y cucharas. Entonces si, se apaga la luz y también se nos apaga el switch del albur que usamos con entusiasmo durante todo el día. Mariana lo definió bien hoy, pues se extraña un señor con bigotes que cuando llegas te pregunte si quieres café y te ofrezca una fruta o pan dulce que compró por la mañana y otro señor que con un cuadernito siempre en la mano prueba el guiso y dice que si, que está bueno. Ya mañana nos toca servir en el patio frente al Caballero Alto del Castillo de Chapultepec los aromas y sabores que sólo un buen equipo de trabajo le puede fijar a sus platillos.