11 de noviembre Castillo de Chapultepec Hoy es un día de mucho movimiento, concentración y coordinación de actividades. Primero es bajar todo el equipo del taller y meterlo a la camioneta. Luego nos vamos al vecino Castillo. Los jefes no están y son 500 muchachitos prepotentes a los que les servimos canapés por ser el 40 aniversario de la Facultad de Arquitectura de la universidad Anáhuac Norte. Ya arriba, una vez armada la cocina en el cuarto tras el alcázar frente a la torre del Caballero alto, uno puede salir justamente a dicho alcázar y darse una vueltesita rápida y ver un cielo más bien naranja por culpa de rey sol que se va metiendo según mis cálculos hacia el noroeste, entre las montañas. En fin, uno tiene una vista increíble desde allá arriba, no tan buena como la que un día tuve la oportunidad de apreciar desde lo alto de la torre del Caballero, pero si distingues elementos importantes como El Bosque, El WTC, Reforma, La Feria, Polanco, entre otros. Como esta vez son canapés no hay tanto que hacer como en las charlas degustación, sin embargo nos falta gente del equipo que le chambea muy bien y entonces si necesitamos sobarnos un poco más el lomo. A mi siempre me ha tocado regresar a la urbe por las 8, 10 o 14 bolsas de hielo que necesitan comprarse ya más entrada la tarde pues sino se derriten, y de paso las olvidadas de perejil o betabel picado (recuerdo tristemente mi mandil sucio). En fin, ya cuando regreso de las compras y urgencias me topo con un escenario distinto. Esta vez es más difícil pues la entrada hasta el Castillo pues es por Constituyentes y uno debe atravesar buen pedazo de bosque sin luz más que la del auto. Llego a la cocina y ya hay varias cosas armadas y mucha gente afuera esperando el inicio del evento. Comienzan a hablar allá a fuera por micrófono y simultáneo empieza el suspenso en la cocina pues parece que vamos atrasados y que en cualquier momento entraran los meseros a presionar por las charolas. También uno se preocupa pues las cosas no están saliendo como deben: el mousse es más líquido que el agua, el queso alcanza para la tercera parte de las guayabas, los pimientos están pésimamente cortados. Pero eso no importa, los meseros llegan y empezamos a montar charolas y charolas mientras otros montan canapés y canapés y es un bonito trabajo en equipo, y logramos salir a tiempo sin mayores estruendos o achaques. Luego viene lo más cansado pues debemos recoger la cocina, y bajar igualmente todo para meterlo a la camioneta que nos ayuda con el equipo. Así son varios viajes en los que uno cruza por la planta alta del castillo y va viendo las salas del museo a través de las ventanas mientras en la mano bien puedes llevar una bolsa de basura o una cubeta con agua que tirarás en el baño sin que los policías (pumas) se enteren. Esta vez, entre el cansancio y el frío se me olvida salir al alcázar una vez que se termina todo. En otras ocasiones lo he hecho y es algo único pues te puedes sentir Maximiliano paseando por sus aposentos. Creo que son muchos los detalles que podría escribir, ahora que lo pienso en realidad si suceden muchas cosas allá arriba, y creo que por eso me gusta. No cualquiera tiene el privilegio de cocinar en el Castillo de Chapultepec.