17 de noviembre La alacena de Platón - A continuación, compara la siguiente escena con la disposición del sentido del gusto humano. - Imagina una alacena provista de una larga entrada y unos hombres que están frente a ella desde niños, atados, de modo que tengan que estar quietos y mirar siempre para adelante una serie de gansitos y chocorroles apilados en varias filas. - Ya lo veo. - Pues bien, ahora imagina que varios hombres se planta tras de ellos tres veces al día, y mastican y comentan deliciosos gansitos y chocorroles. - Que extraña escena describes y que extraños prisioneros. - Iguales que nosotros. Porque en primer lugar ¿crees que los que están atados han oído o sabido otra cosa que no sea de gansitos y chocorroles? - ¿Cómo sería posible si toda su vida han estado atados con la mirada hacia la alacena? - Si pudieran hablar entre ellos, ¿crees que sus charlas tratarían de productos Marinela? - A huevo. - Y si la alacena tuviera eco, ¿no piensas que creerían que lo que habla sería la misma comida ahí situada? - Claro, ¡por San Pascual Bailón! - Entonces no existe duda de que los fulanos no tendrán por real más que los objetos que ven en la alacena. - Enteramente a huevo. - Examina pues que pasaría si uno de ellos fuera liberado de sus cadenas y se le llevara a la cocina a probar todos los tipos de moles, salsas y panes que tiene la gastronomía mexicana. Seguramente quedaría perplejo pero, ¿No sufriría de una indigestión inexorable? ¿No crees que incluso podría contraer una diarrea de vehementes dimensiones? - Y mucho más. - Y después de esto ¿Entendería que comer en demasía resulta en malquistosas visitas al baño? - Es evidente que después de aquello vendrían a pensar en eso otro. - Al principio le haría un daño terrible, pero una vez acostumbrado su estomago, ¿No lo imaginas por el mundo comiendo moles, salsas y panes a lo bestia? Cuando se acordara de su anterior habitación y de la ciencia de allí y de sus antiguos compañeros de alacena, ¿no crees que se consideraría feliz por haber cambiado y que les compadecería a aquellos que siguieron atados a la despensa de gansitos y chocorroles? - Indiscutible - Ahora fíjate en esto: si el tipejo fuese amarrado nuevamente y ocupase el mismo asiento, ¿No crees que se le llenaría la boca de vómito al ver gansitos y chocorroles? - Ciertamente. - Y si tuviese que competir con aquellos con los que había estado antes, opinando acerca de la comida que frente a ellos estaba, ¿No daría de que reír y se diría de él, que por haber sido llevado afuera a comer cochinita pibil y mole negro había estropeado su paladar, y que ni siquiera vale la pena intentar liberarse de las cadenas que les atan? ¿Y no matarían, si encontrasen manera de hacerlo, a quien intentara desatarles y llevarlos a un tianguis de alimentos como el del árbol del Tule? - Claro que sí. - Pues bien, esta imagen hay que aplicarla toda ella, ¡oh amigo Glotón!, a lo que se ha dicho antes. Hay que comparar la amplia cocina mexicana con la alacena de los infinitos gansitos y chocorroles. En el mundo de la gastronomía lo último que se percibe, y con trabajo, es la idea de la diversidad, pero, una vez percibida, hay que deducir que ella es la causa de todos los ricos platillos que existen en el mundo; que, mientras en el mundo visible todo puede ser muy apetecible, en el inteligible sólo aquello que por el buen gusto y entendimiento nos es grato al paladar, y que tiene por fuerza que saber cualquier persona quien quiera proceder sabiamente en su vida privada o pública. - También estoy de acuerdo, en el grado en que puedo estarlo. Basado en el texto de Platón del mito de la Caverna. Arturo García Mogollón