18 de noviembre Invasión en el Museo de la Ciudad de México Trabajar con los bombillos significa además tener el privilegio de cocinar en lugares bien diferentes a los que cualquier persona podría imaginarse: desde el Castillo de Chapultepec, haciendas en Texcoco, Santo Domingo de Guzmán en Oaxaca de Juárez o, en el caso de la noche de hoy, en el Museo de la Ciudad de México. Llegar fue un lío por que el tráfico en la calle que atraviesa por el metro Pino Suárez es algo abrumador. Luego una vez adentro nos prestan el patio al fondo, al principio todo para nosotros, una cocina de dimensiones apabullantes. Y llegaron personas importantes, que si Obrador, que si Zabludovsky. Y allá atrás escuchábamos música y luego palabras y discursos que según quien escuchó, el del señor que había nacido y jugado en el Centro Histórico, don Ovsky, había sido re-emotivo. Nosotros ni escuchábamos ni pelábamos porque había mucho trabajo montando miles de canapés. Eso de armar bruchetas de camarón con pimiento, cebolla morada y piña te deja las manos ardiendo y sobre todo un gran aprendizaje sobre lo que debe ser la paciencia. Tuvimos esta noche al principio un orden precioso pues se veían charola tras charola en los tablones esperando a ser servidas por los meseros. Pero luego todo comenzó a cambiar, de pronto las charolas se iban vaciando, a pesar de que nosotros seguíamos rellenando y decorando canapés. Y también empezaban a aparecerse personas que con hambre furtiva cruzaban osadamente hacia nuestro patio, nuestra cocina, en busca de un acceso más rápido a las providencias supervitorias de la noche. No tardó en torcerse el asunto y de pronto eso parecía un hormiguero, la gente se metía a nuestra cocina y mientras por ejemplo yo llenaba canastitas de masa brisé con coq au vin, tenía a un lado a tres invitados hablando y comiendo junto al chafer y al desorden de utensilios y basura que nos había invadido paralelamente. ¿Qué está sucediendo? Y yo que pensé que lo había visto todo. La gente abarrotada frente a los tablones donde colocábamos las charolas listas que ni siquiera duraban hasta la salida de la cocina. Algunos otros cogiendo chorizo del mis-en-place, así sin más gloria ni pena. Luego hubo que solucionar todo y los meseros como guaruras, una mampara de anuncios del museo como bloque comunista cerrando el paso del pasillo que comunicaba el recinto principal y nuestro patio, cada minuto un poco más seguro. Logramos sobrevivir, y recoger fue más sencillo que otras veces pues había sobrado escasa comida. Era el cumpleaños de Santiago Mieres, así que tras llegar a la Bombilla, habría que ir a cenar al Tizoncito de Tamaulipas, y luego, por qué no, unas cervezas entre Mariana y yo en el t-gallery.