Jueves 25 de noviembre de 2004 La señora Berta, su hija, un chocolate y de como todo esto derivo en la pérdida de la uña de mi dedo índice mano izquierda A mi me gustan las historias que pueden comenzar en la situación menos esperada: un camión, el metro, un baño público, algún comedor del mercado del centro de Oaxaca de Juárez, un Subway en Acapulco, por mencionar algunos ejemplos. Antier por la noche inició una de estas historias que ciertamente rompen con nuestro contenta concepción del paso común de las horas y los días. Ahora bien, tampoco vayas a pensar que robé un banco, que conocí a la mujer de mi vida o que descubrí en los cotonetes el negocio más grande jamás antes visto. No. Se trata de una historia sencilla, y como ya veo que comienzas a impacientar, te la cuento sin más vueltas a la tortilla que las que necesita. Antier por la noche esperaba sentado en una banca a mis profesores y a un lado mío estaban desde antes de mi arribo, un par de mujeres. Estaban ambas sentadas sobre la misma banca de tal suerte que su panorámica era, al igual que la mía, la calle Juan de la Barrera a la altura de los retro-edificios Condesa. Yo esperaba una chapata y de pronto se voltea quien después conocería bajo el patricio nombre de Berta y me pregunta con apogeo en la boca (es decir, una sonrisa) – ¿A poco esa casa no es como una botella? -. Y yo, entre confundido por el acento que olía a costa, la sonrisa desconocida y la extravagante cuestión, voltee ignorante la mirada hacia donde su vista señalaba segundos después. No reconocía excepto árboles, penumbra, edificios viejos y el luminoso anuncio de la academia de flamenco al otro lado de la acera. Al ver mi cara de frustración e indiferencia que acompañaba a un "sí claro" en forma de Boeing 767, me señaló con dedo índice en mano una casita un poco más hacia la izquierda de donde el baile andaluz, un tanto escondida y discreta. La casa en sí no tenía forma de botella; cualquiera entiende que no sería muy funcional esta arquitectura. Sin embargo, había un contorno que definía efectivamente la figura de una botella sobre la fachada de dos plantas, rematando en una especie de chimenea que hacía las veces de corcho. No se necesita mucha imaginación para encontrarla una vez que alguien te la muestra, aunque si mucha paciente observación y creatividad para descubrir semejante analogía entre casa y botella (de color amarillo). En el momento pensé que la mujer seguramente tiene un gran mundo alterno construido, de ese que tanto hablo en otros textos, edificado a la sombra de nuestros ojos y conciencia. Fue ese el principio de una charla que duraría cerca de media hora, el principio de descubrir a una madre nacida en Acayucan Veracruz con una voluntad envidiable y un amor extraño hacia la cocina; y a una hija con una mirada franca y un corazón enorme. Oh sí, la vie en rose. Pues no. No me desviaré hacia la pedantería textual textual (doble textual premeditado). Hablamos de varias cosas generales como suele suceder en charlas primerizas: sobre su inicio en la cocina (no tan romántico como me hubiese gustado), sobre nuestra común ocupación, sobre la maestría que estudia Yazmin (la hija), el chocolate, Acayucán, su próspero negocio de comida rápida a 5 calles de ahí ("El Vitrolero" sobre Zamora), etc. Entre su chocolate y mi chapata que no tardaron en desaparecer por beneficio de nuestra común glotonería, acordé acompañar por la mañana del día siguiente a doña Berta en sus labores culinarias. Y aunque fue un día después del acordado ahí me hallaba hoy por la mañana. El Vitrolero es un lugarcito en la Condesa, de tantos que hay en Zamora y otras calles cercanas al limítrofe Circuito Interior. Tiene invadida media banqueta, "previa autorización de la delegación", con su mobiliario sencillo, de diseño, negro y cómodo según lo pude comprobar unas horas más tarde mientras degustaba el menú del día. Luego al fondo del pequeño local está una barra de madera decorada con botellas vacías de vinos regularcísimos y objetos que podrían encontrarse en cualquier otra barra de servicio. Por ahí también está el acceso a la minúscula cocineta. Éramos de pronto tres ahí dentro y el caos imperaba terrible. En realidad no se bien que demonios fui a hacer a este sitio. Creo que en parte se lo debo a lo aburridas que pueden ser las vacaciones y también un tanto a mi extraña manera de vivir la vida. Estuve cerca de tres horas en las que Berta, entre que me repetía con drama que ella no era cocinera y me hablaba también de su secreta maícena para espesar la crema de ejote (uy que secreto!), preparó un potaje carcelero, hirvió unas papas, preparó un agua de ejote que por más maícena no espesaba y su color verde pastel parecía incrementar más y más, y abrió y revisó cada uno de los "litros", como llama ella a los botes de a litro de crema, donde guardaba sobras de ayer, anteayer, anteanteayer y así hasta el inicio del negocio. Está bueno y lo voy a usar hoy antes de que se me truene – afirmaba mientras pellizcaba un guiso de carne sebosa que llenaba hasta la mitad de un "litro", eso si, lo de la pellizcada era "con la punta del cuchillo pues las manos lo echan a perder". Creo que de un momento a otro me notó un tanto aburrido y entonces me sugirió que hiciera un soufflé de zanahoria a mi manera "pa' ver". Y atrás de mi estaba bien prieta Elena que pelaba y lavaba zanahorias que no eran ni babies ni chingonas, algo así como clasemedieras sin peyorar. Luego yo que me pongo a cortar zanahorias mediocres en algo así como julianas gruesas y que de repente se me ocurre aderezar con uña índice izquierda. Zaz, falta de costumbres al cuchillo, ganas de quedar bien, nerviosismo, todo eso que se junta en este tipo de accidentes idiotas. Y mi uña en la tabla y yo en el baño enjuagando el río de sangre que se iba por el hoyito del lavabo. Ay que dolor, ay que pendejo. Me pongo vinagre y una curita. Y sigo con mis zanahorias pero sin mi uña que quien sabe donde quedó, y el cuchillo ni lo habían lavado y ya veía que lo estaban utilizando ¿qué hubiera dicho mi maestra de Hazard Analysis Critical Control Points? En fin, acabo mi zanahoria y porqué no también ponerle unos poblanos que había en un "litro" de la semana pasada ya asados, pelados y desvenados. Entonces el soufflé queda listo con su aparato de huevo, ajo, crema, sal y pimienta, su zanahoria, su poblano, en un baño maría de tamaño para reírse. Luego yo que me tengo que ir por que una cita y no llego (supuestamente). Pero me obligan a comer potaje de garbanzos y unas tortitas de pollo viejas con mole de verdolagas, pan del super para acompañar y un vaso de agua de piña. Finalmente hago mi retirada oficial. Gracias, teléfonos y hasta pronto, o quizá hasta nunca. Me quedo pensando en donde estará mi uña, en que ahora el pan no lo podré hacer fácil sino hasta la regeneración, que escribir esto en la computadora requiere el doble trabajo de un dedo que suplanta al índice, que el piano no suena igual, y que es hermoso encontrar un estilo bien particular para cocinar como el de Berta, donde igual "pica la verdura en el aire" como bien "hace agua de pepino y la vende como de kiwi" o le pone dos tiritas de cebolla a una cacerola inmensa de sopa que a final de cuentas no sabe mal, sino diferente.