30 de noviembre de 2004 Se venden jaiva, joyas, toques, huereque y teléfonos inalámbricos (texto escrito el 5 de agosto de 2003) Hace ya más de una semana que se realizó la excursión a los centros proveedores de alimentos más importantes y más grandes de la ciudad de México, y quizá también del país. Para la aventura no necesitábamos más que buen humor, disposición, y un poco de valentía para soportar los malos olores y el pesado ambiente que a ratos se encuentran ahí. Quizá también debería mencionar que un par de botas de hule en lugar de los zapatos de tela que llevé, me hubiesen caído de maravilla pues habría evitado que mis pies, cual guachinangos, nadasen en un mar de brebajes con olores poco apetecibles. Fuera de este infortunio, la travesía fue todo un éxito, e incluso podría decir que un descubrimiento; algo parecido a la aventura de Colón cuando atravesó el Atlántico, sólo que en lugar de carabelas, nos desplazamos en autobuses de turismo caracterizados por adquirir los aromas de los lugares visitados para recuerdo de los pasajeros (parecía que la Viga se había metido enterita al camión), y en lugar de indígenas, nos encontramos con un mundo barbarie lleno de pescados, frutas, verduras y piropos algo altisonantes. Un lugar lleno de contradicciones y hechos fantásticos, un lugar con mucha personalidad. El primer desembarco fue en la Viga, y supimos lo que nos esperaba antes de pisar tierra pues algunos aromas comenzaron a circular por el camión. No había entendido porque era importante llegar tan temprano a estos lugares hasta que comencé a ver las placas de otros barcos que estaba ahí estacionados. Venían de Veracruz, Jalisco, Tamaulipas, Nayarit y otros estados que se caracterizan por su producción piscícola. Los pilotos viajan toda la noche largas distancias para traer el pescado desde las costas mexicanas a la capital del país. En consecuencia ahí se consiguen los pescados y mariscos más frescos de la ciudad. Y si trabajamos un poco sobre las leyes inversamente proporcionales de la economía, entenderemos que el bajo precio de los productos se deriva de la gran oferta que hay. Y aunque en general la regla de los precios bajos se cumple, en algunos locales de los corredores se consiguen productos importados con precios considerablemente elevados. En realidad existen contrastes increíbles, pero son pocos. Se encuentra por todos lados, por ejemplo, pescados baratísimos como la mojarra del golfo, la lisa o el pescado pluma que tienen precios desde ocho pesos por kilogramo. Y únicamente bajo pedido se pueden conseguir productos de importación como la angula española o italiana de criadero cuyo precio es de 3,800 pesos por kilogramo más IVA. que creo que si las comprara las exhibiría y vendería en pulseras y gargantillas para dama. En uno de los puestos, un señor tuvo la paciencia y amabilidad de contestar algunas preguntas cual interrogatorio del FBI. Habló acerca de algunos pescados, de los cuchillos que utiliza para obtener distintos cortes (cuchillos para cabeza, para lomos, para filetes de distintos grosores), y también explicó porque es más barato comprar un pescado entero, que comprarlo en lomo o filete. Resulta evidente que un pescado entero es pesado con cola, piel, cabeza, aletas, huesos, ojos, y hasta pelos si llegara a tener, y por tanto el precio por kilo debe descontar las partes inutilizables. Sin embargo, un lomo o filete resultan más caros debido a que es carne 100% utilizable, limpia y perfecta, además de que implica un trabajo de limpieza. Un ejemplo es el del cazón, que cuesta veinte pesos por kilo sin trabajar contra cuarenta y cinco pesos por kilo ya trabajado. Hablando de cazón, recuerdo ahora una breve lección sobre tiburones a la que tuve la oportunidad de asistir en otro puesto. Resulta que existen diferentes precios y denominaciones dependiendo el peso del animal. Cuando un tiburón pesa menos de diez kilogramos se le conoce como cazón, entre diez y veinte marrajo, y mas allá de los veinte es tiburón (los hay hasta de tonelada y media). El más caro es el útlimo, y varia el precio según la especie, pues existen algunas más difíciles de conseguir que otras. Algo que definitivamente no es difícil conseguir en la Viga es café y pan dulce. ¿Qué cómo es posible esto? Pues existe toda una mafia de vendedoras que, ayudadas de un carrito de supermercado que seguramente pidieron prestado, transportan termos llenos de café y canastas con pan para los hambrientos choferes y curiosos que se aparezcan en el camino. Y ya que se trata de productos y servicios que tienen poco o nada que ver con el giro del mercado no debo dejar fuera de este relato al vendedor de teléfonos inalámbrico y controles para la televisión. Quizá sus productos tenían motivos marinos pero no tuve el tiempo de investigar. Fue aun más sorprendente cuando paso un individuo ofreciendo toques eléctricos. ¡Increíble pero cierto! Y por si esto no era suficiente, también trataron de inducirme a comprar pastillas de huereque (según el vendedor es un tubérculo que se busca en el desierto) para la diabetes y corn flakes con plátano. Quizá los administradores de la Viga decidieron ampliar su clientela y su mercado, sabrá dios. Y como no podría faltar, también encontré venta de productos clandestina. El dorado o machete, el marlin y el vela son pescados que a pesar de estar prohibida su venta, pueden ser conseguidos fácilmente si se pregunta en cualquier puesto por ellos. Eso si, me dijo un vendedor que a ratos se aparece la marina y hace revisiones en busca de este tipo de operaciones. Y hablando de operaciones, me quedé con ganas de realizar algunas de compra y otras de investigación. Todos conocemos la jaiba y sabemos lo rica que es su pulpa. Sin embargo, encontré un puesto en el que vendían jaiva. Al menos eso decía en el letrero. Me pregunto como será y si sabrá muy diferente de la que comúnmente te sirven en los restaurantes. También me quedé con las ganas de saber si el filete Pollock que vi anunciado a lo lejos unos segundos antes de partir, se llama así porque se podría encontrar en el tercer piso del museo Pompidou junto a las otras obras del artista. Nuestro siguiente destino fue la Central de Abastos, localizada a unas cuantas cuadras de la Viga. Aquí se concentran los distribuidores de frutas, verduras, carnes, embutidos, semillas, especias, equipo, herramientas y un sin fin de productos relacionados y no relacionados con la comida. Al entrar por un gran corredor lo primero que se percibe es la abundancia. Existen cada cinco metros pilas y pilas de cajas con todo tipo de frutas, bolsas gigantes con frituras, sacos llenos de frijoles, chiles y pimienta, sacos con papas, nopales y hongos, mesas llenas de manojos de hierba. Es un lugar muy ruidoso y lleno de gente caminando, pero sobre todo de peligrosos conductores de diablitos que llevan mercancías o que simplemente se dirigen a toda velocidad al fin del mundo. Los precios de los productos son muy económicos pues se trata de grandes cantidades, cajas con kilos enteros. Nuevamente aplicando leyes económicas entendemos este funcionamiento. Es difícil saber donde comprar pues todo se ve tan parecido y al mismo precio. Quizá es simplemente el azar el que decide donde surtirse de productos. Imagino que los grandes restaurantes han de tener importantes convenios con algunos distribuidores, y los pequeños propietarios van ahí todos los días a surtirse de bienes para sus pequeños negocios. La diversidad impera en todo momento. Se pueden encontrar muchísimas variedades de un mismo producto, por ejemplo, muchos tipos de frijol, de chile, de manzana, de plátano. Y es también precisamente la diversidad la que permita que existan dentro de la central lugares fantásticos: que sorpresa la mía al encontrar entre dos verdulerías una tienda de joyas. Por igual encuentras productos fantásticos como unas papas piratas que imitan a la reconocida marca Sabritas. El tipo de gente que encuentras es igualmente variado. Hay personas muy educadas y amables, y en el otro extremo, gente sin respeto alguno por los clientes o curiosos. Me sucedió que para esas horas de la mañana tenía hambre, y pedí en un puesto de venta masiva de plátanos que me vendieran una pieza: el dueño amablemente me la regaló. También nos regalaron un durazno en otro puesto. Sin embargo, en un local de verdura nos trataron pésimo y con pocas ganas de vender, en el caso que hubiésemos sido clientes. La vista terminó al medio día, y el camión se convirtió en un picnic gigante pues todos habíamos comprado productos y los compartíamos con nuestros compañeros. Todos coincidimos en que fue una aventura que valió mucho la pena. Nos estamos preparando para cocinar, y debemos saber el mejor lugar donde podemos comprar nuestra materia prima. Definitivamente volveré por mi cuenta algunas veces más antes de que el trabajo me lo obligue, pues es un sitio interesantísimo, con una personalidad única y lleno de acontecimientos y personajes fantásticos, además de ser realmente barato.