5 y 6 de diciembre Entre pan de zapote y canciones de Pepe y Flor Un domingo y un lunes excepcionales. El domingo todo un día de cocinar, y ahora no tanto de hastiarse con guayabas, sino más bien con crostinis de pan Maravilla en forma de flor que igualmente parecen nunca terminar, y al final siempre hay una bolsa enorme llena de todos los recortes y orillas del pan de caja restante. La última vez había hecho unas deliciosas y mantequilludas migas con salmón, mucho ajo y también aceite de oliva, así mismo había propuesto regalar ese pan cortado a alguien en la calle que se viese con hambre, pero como ni mis migas ni mis caridades funcionaron, mejor esta vez alguien se encargó de desaparecer el doloroso desperdicio sin que yo siquiera tiempo tuviera de suspirar. Además también fue lavar y lavar y lavar ollas y ollas y ollas y cuchillos y botecitos y cubetitas. El día transcurre rápido y con un ritmo muy particular pues de pronto hay un descanso para la comida, luego por ahí una junta en la que se habla de la expansión de la Bombilla y de cuestiones de organización, y entonces parece en realidad que el trabajo no es trabajo. Por ahí de repente me atrapó el oído una canción de las tantas que escuchamos a lo largo del día mientras trabajamos llamada amigo desconocido (la canta el exfabuloso cadillac en uno de los varios discos piratas que trajeron los profesores de la península Ibérica en contra de las disposiciones oficiales y extraoficiales). Al que me dio a beber de su mismo trago, tan necesario como la sangre de Cristo, al que escogió como sobra su único destino, a un amigo, desconocido aún... Luego el lunes a las diez y media había tamaliza en la bombilla para todos los del equipo. Llegaron entonces Pepe y Flor, pareja fenómeno. Pepe con sus buenas canas, bien crudo, comiendo una torta, sin calcetines, con lentes rosas modernos. Flor más normal, más silenciosa al menos en esos momentos, con un gran abrigo de nylon y peluche alrededor del cuello. De ahí el trayecto hasta Toluca en la camioneta rentada algunos y en el coche de Santiago otros. Lo mismo los del coche se van a la Casa de las Diligencias donde será el evento, los de la camioneta nos vamos al laboratorio culinario de la UAEM (Universidad Autónoma del Edomex) a terminar las preparaciones. Llegamos, en medio de la nada una estructura grande se levanta y nos reciben los Chefs Carlos y Eduardo con su séquito de alumnos de primer y tercer semestre. Nos instalamos más o menos rápido y comenzamos a dividir y organizar el trabajo: unos el betabel, otros el pollo, otros el salpicón, otros el fondo, etc. Curiosa la experiencia nueva de trabajar con estudiantes de otra escuela, un poco fría la relación al principio, un poco como se siente llegar a casa de alguien desconocido y preguntar donde guarda el papel de baño. Las instalaciones eso sí, mejor en muchos sentidos que las del carísimo CESSA. Por ahí de las cuatro de la tarde habíamos medio terminado. Empacamos, le devolví su filipina al Chef Carlos pues la mía se había ido a las diligencias directo, y nos dirigimos cerca de los portales del centro de Toluca, donde el evento. En el trayecto se fueron con nosotros tres estudiantes de primer semestre de gastronomía las cuales entre bromas y platicas bobas, también me hablaron sobre el pan de zapote (algo que suena interesantísimo), el chorizo de Toluca y la barbacoa. En la Casa de las Diligencias, un recinto cultural universitario, ya se había montado todo el comedor en el patio principal con hermosas mesas de manteles áureos y carmines y sus delicados bordados. La cocina en otro patio más pequeño poco a poco fue tomando forma pues la organización de 30 individuos extras cuesta más de lo que los mismos pueden ayudar. Luego todos los bombillos con sus trajes especiales de caporal y doña, y todos preguntando si íbamos a actuar, sí también estudiábamos teatro. Pepe me lo encuentro en una pequeña bodega con Flor dormida en un couché a sus espaladas, tocando la guitarra ya medio pedo, y recitando algo con acento gachupo que incrementa en volumen y entonación cuando me ve en la puerta mirándole con admiración. Ahí a un lado recargados sobre las paredes de madera los enormes zancos de Sergio, el zanquero oficial, actor-cocinero. Se trataba de una cena virreinal, de esta forma Pepe y Flor cantarían canciones barrocas mexicanas; Sergio recitaría un texto en las alturas y haría bellos ademanes a las damas; Edmundo hablaría en una mesita sobre la tarima acerca de la época virreinal, de la mafia Siciliana, los agricultores que se levantaron en 1644 en Siberia y algunas otras cosas extravagantes; la gente se deleitaría con salpicón de pato, sopa de camote de la receta del libro de Tere Iturbide Delicias de Antaño, media gallinita en miel, bien-me-sabe, agua de obispo, garapiña y chocolate con agua; y nosotros estaríamos confundidos con el enjambre de gastronomitos que invadía la cocina, las hornillas que sacaban gas de manera explosiva, el campamento de mochilas que escondía los utensilios necesarios para cocinar, y otros detalles no menos importantes. Luego por ahí una aventura mía de ir a conseguir un disco de música barroca mexicana, y las caras de la gente mientras me veían correr de Morelos con delantal por las calles de los Portales, y más aún la del individuo de la tienda tras plantearle mi necesidad musical. Al final el resultado satisfactorio: amistades nuevas en Toluca, mucha risa de albur y broma barata, mucho aprendizaje de vida también, una ventana de camioneta que encuadraba un pedacito de cielo con estrellas desde mi perspectiva de suelo y una copita de licor de café ya de regreso en el taller.