Dame una pista De tres chocolates era el helado con el cual nos comunicamos aquella ocasión la señorita Lauman y el aquí suscrito. En la tienda, la inocente elección del sabor había sido mía, mientras el sol "se iba haciendo el distraído" tras los buquecitos de la marina. Al departamento regresamos a pie apenas instalada la noche de aquel invierno, envueltos seguramente en alguna de nuestra entrañables conversaciones. Una vez acomodados en su segundo piso, en acuerdo tácito decidimos que las películas del Golden Choice definitivamente no serían el mejor contexto para engullir aquel manjar que reposaba ansioso en el congelador. Así de pronto nos encontrábamos en el estrecho pasillo de acaso tres metros de largo que representaba la cocina. Ahí nos besábamos excelente y nos íbamos acercando con barroco ritmo y marcado acento. Su ropa de noche, consistente en un enorme camisón y unos pantaloncillos que mostraban hermosísimas sus piernas, parecía hecha a la medida de mis manos, que abrían, casi con maestría, delicados caminos entre la tela y la piel bien morena. Esta porteña tenía una retaguardia que cualquier ejército envidiaría, y si uno se iba caminando por aquella trinchera que comenzaba ahí y subía en una delicada línea a lo largo de la espalda, no tardaría en encontrarse una épica batalla a medio trayecto con sus cabellos (confieso que, negros como ya lo eran y húmedos como se me antojaban, hubiesen hecho un mejor papel en la escena). Partiendo de la media espalda, uno iba deslizando las manos horizontalmente, llevándolas hacia el extremo de su tronco, un poco debajo de las axilas, y encontrándose con el borde que delineaba el principio de los senos (una de mis partes favoritas). Era inevitable recorrerlos por el pliegue inferior hasta que las manos se encontraban al centro, y entonces una subía por entre ambas fuentes hacia el cuello y los huesos de los hombros, y otra bajaba por el vientre, husmeaba el ombligo, mordía las caderas, y ahí se quedaba jugueteando entre los huesos pélvicos. Nuestras lenguas dialogaban infaliblemente, con interrupciones para repasar el cuello o los oídos. Luego las manos iban y volvían por debajo del camisón en su impredecible y a la vez certero paso. También ella me exploraba con maestría mientras nuestros sexos se restregaban a través de la aún presente ropa, y alguno de los dos quedaba aprisionado entre la orilla del lavabo y el otro cuerpo, ó el frigorífico, la alacena, la pared. Decidí de pronto interrumpir el juego y revelé en mis manos el frío contenedor que habíamos olvidado: lo abrí mientras le miraba con complicidad. Luego de raspar un poco de helado con una fina cuchara, le rodeé y me coloqué a sus espaldas, tiré del camisón con la mano libre desnudando uno de sus hombros, y presenté con delicadeza la fría delicia sobre su piel. Ella cerró los ojos, giro levemente la cabeza y contrajo los hombros exhalando un rápido suspiro. A partir de ahí el ritmo se acrecentaba y de pronto disminuía, y así, entre compases de una sinfonía amatoria, se hallaban de pronto dos cuerpos desnudos, brillando tenues en una media luz. La película siguió hasta el final del postre y ambos fuimos estelares. La mañana siguiente fui el primero en levantarme. Al asomarme en la cocina encontré varias prendas que alguna vez fueron de algodón y ahora eran de chocolate, dispersas por el piso. Además se distinguían, de color amargo, las huellas de unas manos marcadas en cada lado del marco de entrada, casi al nivel del piso. Que lindo recuerdo.