El verdadero amor Con Madga Fonseca estuve aliñado por casi treinta meses. Nuestros encuentros eran de carácter primordialmente nocturno aunque no descartábamos algunas visitas diurnas a museos y galerías de la ciudad. A ella la había conocido en una de esas fiestas donde se cree que hablar de huevos motuleños es de mal gusto y por tanto solamente existen palabras de cine, literatura o arte contemporáneo (que patético). Pasó algo que no pasa: nos encontramos con la mirada en compartida soledad, intercambiamos arrugas faciales y dos horas más tarde nos desnudábamos con desenvoltura. Aquella sesión la denominamos nuestra "Opera Prima", y a partir de entonces, quedó casi como costumbre amarnos los sábados desde la media tarde en mi departamento sobre la calle de Juan de la Barrera. Cada cita buscábamos renovar con interés nuestros encuentros y lo lográbamos con gran arrebato. Se nos fue ocurriendo hacer veladas temáticas, de las cuales recuerdo sobre todo la noche portuguesa. Habíamos paseado por la colonia y yo, insistente, había adquirido un par de discos maravillosos de Amalia Rodríguez y un Ferreira de 40 años. Se adecuarían cabalmente con los óleos culinarios de una buena fideua que me esperaban en la cocina. Horas después leíamos Pessoa irrisoriamente, y yantábamos incluso al maniobrar el amor. Sucesivamente nos creímos también franceses, filipinos, tuaregs e incluso burundis, situación última que se complicó al no encontrar con gran facilidad música de la región. La última noche, sin saber su condición de finiquito, bebimos una botella cara hasta encontrar el verdadero amor. Luego ella esquivó mis intentonas, me besó en la frente mientras pasaba su mano por mi cabellera y me dijo muy suavemente adiós. Cruzaba el umbral del cuarto, y yo, entretenido en la complejidad de su única palabra, alcancé a mirar en el reflejo de la botella a un tipo enorme que vertía dentro de mi cabeza una bala de plata.