Sabor maquillaje Lucía, a sus diecinueve me llevaba tres años y casi quince centímetros. Lo de los tres años siguió para siempre, los quince centímetros luego de algún tiempo me favorecieron a mi. La noche en que nos conocimos le hablé de una inexistente casa en Acapulco de mis padres, "desde donde se puede ver toda la bahía", le había asegurado. Quizá fue por eso que me besó. Hasta ese día yo había besado solamente siete veces, seis a una misma boca, la de Ángela. El otro beso había sido un "servicio social" en un juego de botella donde había puras feas. Pero de mis siete besos ninguno me había sabido como el que le Lucía me propuso. Algo entre plástico y cera caliente se introdujo entre mis dientes, y luego mi paladar perecía en una amargura intolerable. Era de esas chicas que sabían a maquillaje y por eso no me costó deshacerme de ella. Para pronto había conseguido un rollo de bolsas, un bile rouge passion y algunas sombras moradas. Así, cuando me sentía sólo, arrancaba un pedazo de plástico y soplaba con vanidad a pulmón desnudo. Después de una pequeña atadura que aseguraba la estabilidad emocional y estética de mi amada, entonces le pintaba unos labios como los de Lucía y alguna que otra sombra que asemejaba más una contusión. Le besaba apasionadamente, libre de reclamos y de pesticidas bucales. Lo único malo es que cuando acequiaba alguna fantasía a través de mis besos, era tal la emoción, que la Lucía terminaba perdiendo un pedazo de su cutis entre mis dientes. Esto le deprimía tanto que se vaciaba literalmente de todo lo que alguna vez fuera. Yo, entre orgulloso e indiferente, iba arrancando del rollo a otra Lucía que me sirviera para la siguiente caída (me refiero a las que son dos de tres).