Pulgas de vaca limonera El señor Justino Barreda fue cocinero de Los Pinos por casi cuatro décadas. Comenzó con catorce primaveras ayudando en la brigada del ya viejo Federique Fontaine que había servido en sus años mancebos las últimas cenas de Don Porfirio Díaz (que revoltura de tiempos). Federique Fontaine y su español mallugado habían sido de las pocas cosas que la Revolución Mexicana habían dejado milagrosamente intactas. Y gracias a que no lo fusilaron ni lo deportaron, Justino le conoció en la tortería de su tío Coliandro. El franchute frecuentaba este local escondido tras el 32 de la calle de Regina. Corría a embutirse unas ahogaditas estilo Jalisco siempre que podía escaparse de su afrancesada, ocupada y aburrida cocina presidencial. Justinito a sus trece se quedó un viernes de pascua solito a cargo de la lumbre pues su tío había ido, como decía él sin que el niño entendiera, a "tronar ejotitos". Ese mismo viernes fue el señor baguette por una ahogadita, y tan le supo como nunca, que después de una buena propina y una semana de cuaresma, regresó una tarde de solazo y habló quince minutos con el tío Coliandro. El niño se subía al auto pudiente del francés sin entender bien por qué, pero aceptando las bendiciones de su tío quien saboreaba los dos mil pesos atrapados en sus mezclillas. Cuatro años Justinito se dedicó a complacer con ahogaditas estilo Jalisco al señor gruyere y alguna que otra vez a la guardia presidencial. Pasado ese tiempo se había convertido en Justino, y sus tortas ahogadas desaparecieron pronto junto con el cadáver del señor Federique: un irrepetible abril de 1950 alguien lo halló junto al horno encendido, como si éste le hubiera robado la vida. Ahora sus manos moldeaban y guiaban las otras manos que también encorvadas trabajaban la comida de los señores presidentes (consecutivamente, pues bien es sabido que ya no existieron triunviratos ni cosas del estilo, al menos a la vista). ¿La política? – decía Justino y se respondía a si mismo – eso déjenselo a los que tienen hambre de la que no se quita, hambre de poder. Y así había vivido ya sus años en los Pinos, ornamentada su conciencia con jitomates y nada más. Pero todo cambió el 13 de junio del sesenta y cinco, cuando la libre asociación y su vasta imaginación le enfermaron de poder. Fue ese día cuando señalaron al licenciado Barreta como nuevo presidente de la república. Justito, viendo días atrás la tele, habíase enterado en uno de esos reportajes de la XHGZ que mucho dicen y poco informan, que el licenciado Barreta no comía sino salmón truchado y a veces agua de chía, pero en pocas cantidades porque acelera la mala conciencia. Se figuraba entonces que su nuevo jefe iba a resultarle insoportable, algo como el franchute que ya había olvidado para esos días. ¡Pero éste era el presidente! – se miraba alarmado en su manchado espejo mientras se acicalaba las espinillas del oído. Justiniano, Justito, Justo, debiendo poco y temiendo aún menos, se atrevió a envenenar con pulgas de vaca limonera la primera cena del señor Ejecutivo. El presidente murió en la madrugada cuando una de las pulgas se metió en sus sueños de grandeza y le hizo un gesto de amor. Fue motivo primero alarma y toque de queda, luego la incertidumbre arreció y nadie entendió nada, "ni los de la autocsia" decía escondido tras la tranquilidad de esas palabras Justiano. Para pronto habían puesto ya a uno nuevo, como si los sacaran de una fábrica, con todo y bigote. A Justo le daba risa con cachetes rojos que le dijeran Interino, ni yo mismo entiendo porque. Pero no tardó en pensarlo y también le envió mensajeras oníricas al bigotón segundo. ¿Cómo acabarías este cuento?