Pues a ver que Vamos sobrevolando la ciudad a la altura de los pensamientos que enturbian y hacen difícil nuestra navegación. Es un día cualquiera, tan irrepetible y único como los de antes y después. La calle que nos dirige atraviesa el corazón de un barrio popular. Gente entra y sale de los locales miniatura que han acaparado todos los pisos bajos de los edificios. Hay para todos gustos, géneros y necesidades. El aire es tan frío que esconde sus olores y está más bien saturado de sirenas, motores, pasos de tacón, bisagras, un lenguaje desconocido. Detengámonos y prestemos atención a lo que están hablando esas dos personas que se distinguen por el halo de incertidumbre que les envuelve. Pues a ver que, dice con voz cristal, mechas agitadas, ojos agachados, y se le deja ir al pecho, los brazos a la espalda, apoya su oreja contra el verde del suéter. Marcelo baja la barbilla y reposa sus labios sobre la cabellera, y como si quisiera echar a andar el remolino que se le muestra, exhala un aliento que poco y mucho diría si no nos hubiesen enseñado las palabras. Permanecen así unos instantes, casi congelados, podrían ser estatuas si el tiempo se olvidara de ellos, pero el tiempo no condena, es piadoso y deja morir los instantes, uno tras otro. Y en ese pues a ver que ella apuesta todo al destino y se resigna, se abandona al juego entre la espera y el olvido, quién gana no importa, igual se queda sola. Para él es diferente, todo lo que debería sentir o no por ella lo eclipsa la emoción de un futuro incierto y precoz. Vamos caminando por la ciudad, cuesta trabajo sobrevolar en estos días de más gente, de más tiendas, de más ruidos, de más frío. Es un día tan parecido a todos los demás, y si no fuera por el bastón que hace tres los pasos necesarios para caminar, no entenderíamos que ese tiempo en realidad nos ha condenado a esperar, a envejecer, a olvidar, a morir. Marcelo ha vuelto cuarenta años después por razones que hasta él mismo desconoce. Va caminando por esa misma calle que le trae tantos recuerdos, sobretodo el de ella hace tantos años. Y como si del mismo pensamiento hubiese salido, Marcelo cree reconocerla caminando un poco más adelante hacia él. No puede dar un paso más, las cejas se le arrugan, el alma también, de pronto se da cuenta que cuando se fue hace cuarenta años dejó no solamente a una mujer inconsolable y una ciudad cualquiera, sino a la mujer que más quiso en sitio al que siempre perteneció su pie ahora gastado. Esta contemplación dura toda una vida y tan sólo unos segundos a la vez, y ella va pasando a su lado lentamente, con la mirada al piso y la espalda algo encorvada, y de él quiere una voz llamar un nombre pero son sólo los labios que se mueven, unas manos que quieren abrazar un cuerpo pero que sólo logran cerrar los puños, unos pies que quieren regresar sus pasos cuando están clavados al piso. Ya está a sus espaldas, ya Marcelo sigue ahí inmóvil, ya ella se ha detenido unos metros adelante, algo ha pensado, algo ha sentido, pero no le da mucha importancia y pronto retoma su camino distraída por el vuelo ágil de una gaviota.