Fruta del edén Una explanada, cuatro torres, un laberinto subterráneo lleno de libros de arena, parece el desierto, ahí donde se junta lo absoluto, la unidad del cielo y las infinitas dunas. Decidí entrar al Este, quizá para negar el Sol que nace. Tuve que abrir una puerta con mil cerraduras y cada llave significó un poema al tiempo. Atravesé galerías de muros níveos, de columnas magnánimas, de vacíos universales. Descifré lascas de un idioma aun no inventado y así engañé a un dios que cuidaba la penúltima de las puertas. Finalmente salí a la antecámara de los sueños. Esquirlas de espejos hacían piel en techo y piso, y por lo mismo nunca pude diferenciarlos. Paredes con perpetuas aristas formaban una circunferencia perfecta. Al centro, si existiera uno sólo, terraplené con bellaquería un abismo por el cual desfilaron orbes y astros desconocidos por todo astrónomo. Transido, desuncí mi navaja y dibujé un tajo sobre un diámetro de la abertura: yacía ahí, radiante, el último de los libros. Lo hurté mientras dios no miraba, al tacto se sentía como un pájaro azul. Tenía orlas con inscripciones en un abecedario de once mil letras. Lo abrí como se abre una fruta del edén, enfilé un instrumento de escritura y con caligrafía heredada tracé mi verdadero nombre.