La espiral de la vida (I) Mañana del 25 de abril. He tenido un sueño hermoso, casi una poesía. Hubo un tornado enorme y oscuro que se formo al horizonte, lo observé desde la costa y sentí un miedo profundo, tajaba por la mitad a la bóveda celeste que caía al final del paisaje marino. Deseé escapar de inmediato pero alguna voz me confesó sería inútil, el tornado se aproximaba con prisa, la atmósfera se volvía cerrada, gris, con moléculas de agua que golpeaban el rostro. Corrí apresurado a la casa vecina y de alguna forma entré. Me escondí tras una barda dentro de un cuarto cuya ventana daba hacia el mar. Alguien había cerrado los volets, por lo que no se podía ver lo que sucedía afuera, se adivinaba un silencio de ficción. Había en un cuarto contiguo otras personas que discutían sentados a una mesa redonda, al parecer sin importarles la catástrofe próxima. Así de pronto también había alguien conmigo: era una mujer que me preguntaba con desasosiego si no sería mejor abrir la ventana y permitir el flujo del aire a través de la casa, evitando así que el tornado arrancase la construcción completa y la llevase por los cielos. Antes de que yo pudiera responder mi rotunda negativa, ella se aproximó a la ventana y abrió de par en par los vidrios y los volets haciéndonos vulnerables al monstruo de viento. Entonces sentí miedo profundo a una muerte anunciada. Observé anonadado como bailaba un magnífico remolino de espirales negras frente a mi vista, oscilando de aquí para allá. Un instante se quedó quieto y me permitió observarle con detenimiento: en su hélice infinita y veloz parecían desfilar todas las cosas y tiempos del universo, y dentro de esa tropa de negras hormigas adiviné una coincidencia hermosa: estaba ahí, presente frente a mi, en este sueño de una noche cualquiera, en esta noche de un sueño cualquiera, el Aleph del que tanto habló Borges. Lo señalé, lo denuncié, pero en ese momento no hubo nadie como testigo, fuimos él y yo. ¿Fue un regalo?