La donna è mobile qual piuma al vento Estos días en nada me parezco a la dama de Rigoletto de Verdi. Me he estropeado un cartílago de la rodilla que tiene nombre de religioso: menisco. El accidente sucedió hace unos diez días. Hoy lo analizo y pienso en Tabucchi, a quien leo ahora, pues este acontecimiento pertenece más bien a la clase de los pequeños equívocos con importancia. Yo le hecho la culpa a una búlgara que me dejó vestido y alborotado en la fuente de San Miguel. Habíamos quedado de salir aquel domingo por la noche a bailar, y tras esperarla en vano y recibir posteriormente una llamada confirmando su ausencia eterna, emprendimos ruta Campos, Antón y yo hacia el Puente de las Artes. Ahí conocimos a unas muchachas, de Finlandia si la memoria no me falla, unas rubias de revista y otras no tan rubias y más bien del cotidiano. El vía crucis nocturno desembocó en casa de Antón, un cuartucho en el sexto piso atrás de la Asamblea Nacional, desde ahí se puede mirar la Concordia o no me acuerdo que otras torres y magnificencias. A media noche mi rodilla hizo ¡clac! y sentí como si hubieran rasgado una cortina dentro de mi pierna. Pensé que sería algo no serio y le di más importancia a la no tan rubia que quería que la besara como si la quisiera, pero sin que nadie nos mirase. Yo contrariamente quería que las rubias nos miraran y se arrepintieran de no ser ellas a quienes las miraba con ojos de amor borracho. Pasamos la noche sin pegar el ojo y pegando más bien nuestras bocas avinagradas, secas y cansadas. Luego por la mañana mi pierna seguía en huelga así que opté mejor por ir al hospital. Llovía. Vine primero a casa por mi pasaporte y a hacer pis. Luego estuve horas, sino es que fueron días, en las urgencias del hospital San Antonio donde un doctor, o más bien un luchador vestido de blanco, me jaló y zarandeó la pierna estúpidamente hasta casi aplicarme una amputación façon homo sapiens(tachado) sapiens(tachado). Luego cuando regresé a casa me di cuenta que había dejado las llaves dentro, y mi hermano en Madrid que llegaba hasta al día siguiente por la noche. Pensé que las malas cosas nunca vienen solas y tomé todo con filosofía. Llamé a Lucrecia, olvidé que era su cumpleaños y le pedía alojamiento. Luego en el taxi me asaltó el recordatorio del aniversario y entonces si no pude contenerme: maldije a la búlgara hasta en rumano. Pedí al chofer parara en una florería cerca del boulevard donde pronto bajaría. A saltos sobre la pierna sana logré entrar a aquella jungla mientras los empleados me miraban entusiasmados como un flamingo perdido en medio de un paraíso exótico. Pedí cabizbajo los primeros girasoles que encontré y regresé a mi carroza que esperaba impaciente. Mientras recorríamos los pocos metros que faltaban me di cuenta de la monstruosidad de los girasoles que había comprado, y además pensaba en qué le diría a Lucrecia ¿que olvidé su cumpleaños por culpa de una búlgara y unas rubias no tan rubias? ¿que el calor del taxi estropeó los girasoles? ¿que si había visto en las noticias el nuevo récord de la francesa en cuatrocientos metros libres? Tal vez deba considerar una carrera en el clero regular, sin mujeres ni alcoholes que al parecer juntas y revueltos hacen las veces de Caín. Hoy, cuatro días después de la intervención en la que me sacaron un pedazo de rodilla, yazgo acostado en mi sofá cama escuchando por no se que azares a la Callas y a el Pavarotti, cantando arias de Puccini y Verdi ella, y jijiji Ríe payaso su homónimo. Me acuerdo entonces de hace quince años cuando me operaron de Leg Perthes Orsomething Likethat en la otra pata, la izquierda. Fueron cerca de dos meses de inmovilidad, había incluso alguien que me cargaba como un rey de mi cuarto al sofá de la sala y viceversa. Fueron mis primeros contactos con la ópera, el melómano de mi padre (tan melómano que conserva discos cerrados después de años de haberlos comprado, desconozco si tal vez en forma de ritual u ofrenda) me ponía discos y discos mientras yo contaba las flores del tapiz azul del sofá o tomaba agua de limón y jugaba calabozos y dragones con mis amigos. Al principio fue tortura, y luego como ciertos tipos de dolor, se convirtió en placer: Carmina y Aída, la Traviata, la dama está móvil como pluma al viento, una primera risa de payaso, la flauta mágica con su papageno, o mio bambino caro, una voce poco fa, don Giovanni... Todo aquello empezó por una patineta, todo esto empezó por una búlgara, todo comienza por pasiones, y no es que esté comparando una patineta con una mujer, jamás lo haría, más bien, en un plano más serio, me pregunto si tal vez Nietzche y su eterno retorno tienen sentido, si la vida tiene acaso una silueta espiral como la del remolino con el que soñé magnánimo hace no mucho tiempo, una especie de repetición ascendente, a nivel individual y colectivo, donde a cada tiempo futuro los hechos se repiten en versiones un tanto transformadas, condensadas o expandidas, con sus muy propios personajes, escenarios y tiempos.