En la mitología griega existe lo que se conoce como el Juicio de Paris.
Resulta que Hera, Atenea y Afrodita fueron tres diosas que se peleaban por ocupar
el número uno en las listas de popularidad y belleza (todo comenzó por una
manzana pero, contrariamente a lo que se piensa, esta historia es más
complicada de explicar con peras y manzanas, así que por ahora nos olvidaremos
de ese detalle). Ya que ninguna cedía su lugar por orgullo, vanagloria y/o
narcisismo, no lograban ponerse de acuerdo para darle la corona a la más reina.
Entonces Zeus les dijo que fueran con Paris, un tío muy huérfano y muy guapo,
quien sería capaz de emitir un juicio razonable, ¿tendrá la sensatez algo que
ver con lo desabrigado o lo gallardo? Las chicas fueron guiadas a donde Paris
por Hermes, el dios de las fronteras y de los viajeros. Ya estaban a punto de
llegar pero al parecer la caminata les había hecho transpirar bastante, así que
antes de presentarse al juicio se bañaron en un manantial y quedaron guapísimas
y oliendo sano. Una a una hablaron con el galán intentando comprar su voto
(prueba de que las manías en tiempos electorales existen desde muy atrás): Hera
le ofreció poder de gobierno; Atenea le intentó sobornar con habilidad de sabio
y guerrero; y Afrodita le prometió el amor de la mujer más hermosa del mundo.
Nuestro hombrecillo humilde, poco ambicioso, mediocre y más bien con todas
estas ausencias revertidas en sus niveles de testosterona, se dejó comprar por
la última oferta (no quería ni poder ni sabiduría, quería soltarse el chongo). Su decisión desencadenó tiempo después en la
guerra de Troya.
1
Las pasiones desencadenan tempestades, lo sabemos desde el momento de
nuestro nacimiento, la primera borrasca de nuestra vida, producto del ímpetu de
nuestros progenitores, sino pregúntenle a Cioran, a ver que les contesta. Más
fácil será asistir al nacimiento de un pájaro. Un pájaro busca salir del
cascarón. El cascarón es el mundo. Aquel que quiere nacer debe destruir un
mundo2.
Lector, lectora ¿cuáles son vuestras pasiones? Y si las habéis seguido
¿cuál es vuestra guerra de Troya? Porthos, Aramis y Athos tuvieron como pasión
la mosqueteada, y luego se dedicaron respectivamente al matrimonio, al
sacerdocio y al honor de la profesión (creo que sólo el del matrimonio encontró
su verdadera guerra de Troya). Siglo y
medio antes de las historias de Dumas, un tal Colón, pasionario y viajero,
desafiando al escorbuto, agarró tres galeones y le dio media vuelta al mundo
hace años (quinientos y pico para mayor exactitud). Después vino una guerra que
ni los mitos griegos en sus más avanzadas ficciones describieron. Ejemplos
sobran.
Dejaré de hablar de quien no me corresponde, nunca me ha gustado la
imagen de los muertos azotándose bajo tierra por lo que de ellos decimos los
vivos. Más bien he de hablar ahora de lo que hace arder mi sangre, como a quien
tuestan en una pira. Mis ardores son ante todo mi sopor: despiertan mi fantasía
y hacen sumisa la realidad tan poco coqueta en la mayoría de sus
representaciones. Hay un repertorio amplio, pero hay tres esenciales, como las
cruces en el calvario para la historia de alguna religión. Y curiosamente, son
ellas mimas que sirven para describirse las unas a las otras, como un serie de
axiomas, aforismos o sentencias. He
encontrado tres antiguas cartas que he escrito a tres viejos ilustres,
comienzan de la siguiente manera:
Distinguido Paris,
mi amor es palabra de peregrinación...
Estimado Cristóbal, mi escritura es pasión por la
travesía....
Respetado Alexandre, mi viaje es un poema
romántico...
Cada una de mis pasiones me han
pedido exclusividad, pero yo no entiendo esa palabra, y me resuelvo por las
tres, y por las tantas otras que hay, y es entonces que mi batalla se vuelve la
vida misma. Señorita Sabugal, tiene usted razón. Amar, viajar, escribir: las
tres brillan como palabras, travesías y pasiones. Llamémosle si le apetece trimurti,
donde existen conjuntamente creación, conservación y destrucción.
1
RUBENS, Pedro Pablo. El Juicio de Paris. 1639. Museo del Prado, Madrid.
2 HESSE,
Herman. Demian. Historia de la juventud de Emile Sinclair. 1925.