Respetado
vecino,
Hace tres meses que sueño con José el carpintero. “¿Y a usted qué?”
estará pensando, pero escuche bien lo que voy a contarle. En mi sueño, grande y
complicado como toda experiencia mental inconsciente (incluso sui generis me
atrevería a decir), no sé más si soy yo José o tal vez su humilde ayudante que
le extiende el martillo y los clavos mientras ve trabajar al maestro. Cada
noche nos hemos empeñado en la empresa de construir una barca semejante a la de
Noe, donde quepan todos los animalitos del más allá. Pero no puedo ser feliz
del todo pues no soy capaz de augurar para cuando terminaremos semejante
trasatlántico. Y así estamos, dale que dale a un noble y antiguo trabajo.
Después viene la mañana, el momento de despertarse, la primera luz que
anuncia el regreso de la vida real, la triste muerte de nuestro viaje onírico.
Pero en mi caso es diferente y es por eso que le escribo esta carta. Cada
mañana que despierto dudo si estaré soñando o no, y por un momento soy muy
feliz, pues escucho la sierra corte que corte y los martillos golpeen que
golpeen en el cuarto contiguo, y entonces me digo a mi mismo “José, ¡anda
apúrate que se te ha hecho tarde!” e imagino que ya mi humilde ayudante ha
comenzando a tallar las maderas de la popa que fue en lo que nos habíamos
quedado el día anterior. Corro apresurado al baño para darme un aseo rápido
pero al mirarme al espejo me doy cuenta que soy el licenciado Garrapatas y no
José el carpintero, y que no es mi ayudante el que martilla, taladra y estruja
instrumentos y materiales en la pared de al lado, sino que se trata de un lunes
cualquiera y de las estridentes y tórridas fabricaciones que realizan sin
reserva alguna misteriosos obreros en el departamento contiguo, su
departamento.
No le pido que se toque el corazón. No es el caso de esta carta pues
entiendo que colocar parqué fabricado en casa y anclar cada viga con
trescientos clavos es la última tendencia en el decorado de interiores (me lo
confesó una sobrina recién titulada). Pero quisiera pedirle, a manera de humilde
soñador, que si alguna vez por la calle cruzase con una tienda de disfraces,
pregunte por uno de José el carpintero, sobre todo por la barba. Yo llevo más
de un mes buscándolo pero no lo encuentro, y para mi colmo nací lampiño. Con
masquin he intentado cada noche adherirme a la mandíbula una estopa deshilada y
vieja, creyendo en la suerte que al correr al baño por la mañana, pensándome en
retardo frente a la puntualidad siniestra de mis ayudantes ebanistas, me miraré
al espejo y creeré por unos segundos más que efectivamente soy José el
maderero, hasta que la grasa y el sudor de la noche hagan saltar uno de los
diurex y se vaya todo mi teatro a la mierda. ¿Conoce usted alguna otra fórmula
más efectiva para alargar los sueños? Cercanos me han hablado de sustancias
como el valium y el cannabis, pero yo no entiendo mucho de medicina y prefiero
el vaso con agua caliente por las noches, en fin.
No me resta sino agradecer el tiempo que ha consagrado en estas líneas
de vecino a vecino, pero sobre todo de carpintero a carpintero. De usted me
despido desde esta mesa matutina y tempranera (si viera la calidad de este
roble), desde otro amanecer más de sueños frustrados, con una taza de café que
repite vibratoriamente los acontecimientos que se desatan en vuestra morada, y
esperando por igual que algún día la vecina de arriba deje de secundarle con
aquella vieja y reumática aspiradora.
Sinceramente,
Lic.
José Garrapatas