Hay una
ciudad para cada hombre, y al parecer, en éste mismo mundo del que hablo, un
hombre por cada ciudad. Las ciudades transitan cuales hombres, y éstos últimos
están anclados a un horizonte, pero en infalible movimiento, como un sol
enajenado en su vaivén perpetuo.
Lo que
hasta ahora nadie se ha atrevido a preguntar es dónde termina el hombre y
comienza la ciudad, o mejor dicho, cuándo se deja de ser sólo hombre. Tal vez
después de largas batallas, de oscuras connivencias, de años de diálogo y
silencio, tal vez entonces hay una metamorfosis aceptada pero incomprendida,
cómo el tránsito del tiempo. Un hombre deja de ser sólo hombre para
conquistarse a sí mismo, para convertirse en ciudad y habitarse: pronto raya en
explosión de figuras y trazos, de alturas y desniveles, de personajes y
oficios, todos confundidos, alternados, en gran medida entendidos y calculados.
Al ser
ciudad, luego vendrán otros hombres que también le habitarán, vivirán,
permutarán. Transcurridos los días, y éstos seguidos por sus noches, dichos
hombres, contagiados de voluntad y no de suerte, se encontrarán así mismos
transformados por igual en urbes. Constantes y miméticos, como los amaneceres
que ceden calma a las mareas hasta confundirlas con esquirlas del cielo, así
cederán unos tras otros los hombres en ciudades, y las ciudades dentro de los
hombres, hasta que desdeñen confines -mar y cielo confundidos. Que entonces se
deje la disparidad para el juicio de cuestiones más útiles, cómo el pique que
traigo con los pájaros cuando voy en bicicleta y ellos vuelan libres hacia el
Sur.
Posdata: si
digo que la prieta es mula es porque traigo las manos en el pelo.
José
Garrapatas