Cuca culinaria (versión de prueba) Por Julia Arnault Nació en La Sierpe y siempre vivió allí. Creció entre el olor de la milpa después de llover, entre el olor la pizca y de las estufas de leña que se encienden desde las cinco de la mañana. La mañana de Cuca era casi siempre igual. Todos los días se despertaba y hacía el mismo recorrido al molino y sin embargo, le gustaba caminar por ahí. Para llegar de su casa al molino tenía que cargar la cubeta de color naranja con el nixtamal, por lo menos tres cuadras en pendiente. Las casas eran las mismas desde que ella nació, unas crecieron con las familias, pero eran las mismas. Cada una tenía una cocina con la leña encendida y cada cocina tenía la virtud de conservar su olor particular. Tenía un olfato sensible, un olfato que le permitía imaginar el sabor de las tortillas de cada una de las casas vecinas. En el centro del pueblo estaba el molino más grande y ese era el destino de Cuca. Le gustaba era sumergir la mano en la cubeta con el nixtamal para sentir esa textura espesa y babosa que tiene el maíz cocido y que se acentúa después de reposar unas horas. Después observaba con detenimiento cómo las navajas del molino iban rompiendo los granos y cómo éstos se iban adelgazando hasta formar una masa gruesa. El regreso a su casa era igualmente placentero para ella. Tenía ahora una cubeta con masa y volvía a los olores mezclados con sabores. Empezaba a formular una salsa para el almuerzo y así se iba volando en su imaginación. Por fin llegaba a su laboratorio. La cocina era pequeña como casi todas las del campo, llena de tizne que encerraba miles de platillos simples y por tanto deliciosos. Un cuartito oscuro con una puerta colgada de madera, unos cuantos trastes de peltre, muy pocos cubiertos y un comal de barro. Empezaba su experimento. Cuca no hacía cosas muy distintas a las que hacía el resto de las mujeres: unas tortillitas, una salsita roja si la de ayer había sido verde y calentar unos frijolitos que casi nunca faltaban. Si le habían pagado en la maquila a Guillermo, tal vez compraba unos huevos y los preparaba revueltos con sal y no más. Ella sabía que si el día anterior había sido un buen día, el sabor de los frijoles sería mejor esa mañana y la masa dejaría que el metlapil se deslizara por el metate con mayor facilidad. A Cuca su mamá le había dicho que si las tortillas al voltearse se esponjaban, quería decir que ya se podía casar y Cuca, como experta que es, siempre logró hacer subir sus tortillas. Pero unas se inflaban más que otras y Cuca sabía que eso tenía que ver con que unos días ella estaba bien y otros días mal. Cuando Cuca se daba cuenta de que los frijoles no sabían tan bien y de que el metlapil y el metate terminaban sucios porque no se deslizaban tan fácil, se daba cuenta también de que le bastaba con sentarse a oler su cocina y a recordar las veces que las tortillas se inflaron, que la mano del molcajete no le machucó los dedos y las veces que de la cocina de Jovita, la de la tienda de la esquina y de la de Doña Goya, la esposa de don Gaudenciao, habían salido recetas tan sólo del olor que Cuca percibía a su paso hacia el molino. Con ese recuerdo bastaba para que la comida fuera mejor que el almuerzo. A Cuca le gustaba ir a pixcar, sacar los elotes tiernitos y hacerlos en chilatole. En tiempos de cosecha, Cuca se iba con su familia a pixcar y hacían una lumbre allá arriba donde preparan el chilatole. Los elotes tiernitos se desgranan en la cacerola con agua hirviendo, se le pone su epazote "para darles sabor" y mucho chile de árbol para que quede bien picoso. Es un sabor peculiar y eso le gustaba a Cuca porque podía experimentar. Los elotes recién cortados son muy dulces y mezclados con el chile eran un buen campo de experimentación para el olfato y las habilidades de Cuca. Unas veces le ponía un poco más de sal, a veces una pizca de azúcar para resaltar lo dulcesito nomás y así iba tanteando. La vida de Cuca siempre fue así. Hacía muchas otras cosas, pero siempre hablaba de su comida y de lo que le gustaba cocinar. A mí me contaba de los olores, pero eso era más como una confesión, sentía que robarse la sazón de las demás era como robarse un poquito de su intimidad, era como jugar a las escondidas, hacer como que se le ocurrían las cosas y dárselas a probar a los otros para seguir buscando sabores y olores. La vida de Cuca nunca fue fácil y contárselas empieza en otro capítulo, pero sepan que cuando Cuca entraba a la cocina, su vida era una aventura, un experimento y entonces empezaba la tranquilidad. Los placeres de Cuca, como los de otras mujeres eran pequeños, sencillos y cotidianos. Así disfrutó Cuca su vida siempre.