Agam, selamina la séver
El agam es
un animal único. Una vez un pescador creyó haberle atrapado: jaló sus redes con
una fuerza que jamás había imaginado, tanto que sus músculos crecieron
enormemente. Al sacar la red encontró atrapado un animalito azul, muy viscoso y
pequeño. Trató de reconocer a dicha criatura y, cuando se disponía a agarrarlo,
éste se esfumó. Al regresar al puerto y contar a sus colegas lo que había
sucedido, todos pensaron que tantas horas en altamar habían hecho delirar al
pescador. Esto, sin embargo, no era lo que había sucedido.
El agam
sólo puede atraparse si se cree en verdad en él. Aunque en el momento haya sido
visto, si cabe la duda, éste simplemente desaparece. Su textura viscosa le
permite filtrarse aún en las superficies impermeables; también le es posible
tomar cualquier forma, siempre que quien lo vea se la conceda. Cada vez que se
esfuma de un lugar, las pequeñas gotas que no consiguen regresar a su masa caen
al agua y crean hermosos arrecifes, de todos los colores y las formas
imaginables, donde los peces nadan sosiegos con tan sólo verlos.
El agam es siempre azul, aunque va cambiando
de tono. Hay quienes afirman que su color se transforma debido a la
temperatura, otros aseguran que depende más bien de su estado de ánimo; nadie
lo sabe a ciencia cierta y ahí radica otra de sus maravillas.
Alguien
podría preguntarse cómo siendo el agam tan pequeño, el pescador mencionado en
un principio hizo tantos esfuerzos para sacarlo del agua. Pues bien, el agam es
más denso incluso que el mercurio, por lo cual, aún siendo
pequeñito, es realmente pesado. Su delicadeza es increíble: aún teniendo la
mencionada densidad, puede desmoronarse en menos de un segundo. Siempre se le debe tratar con respeto y
cariño, de lo contrario, puede deshacerse hasta convertirse en polvo.
Otra
característica importante del agam es que tiene una predilección por lugares
bien precisos. Se dice que aparece donde sea que se le piensa, pero donde se le
ha visto con más frecuencia es en tres sitios: el lago Nahuel Huapi en
Bariloche, el lago Michigan en Chicago y en las costas de Tulúm, en el Mar
Caribe, lugares donde se siente como en casa.
El agam
va buscando cada vez aguas nuevas (o al menos eso piensa él) donde poder dejar
sus gotitas sueltas, donde conocer más historias y crear más arrecifes. En eso
va su vida, y cada vez que se siente extremadamente lejos de sus lagos
predilectos, piensa que, en realidad, el agua de todo el mundo está conectada y
en todas partes hay un poco de él… sólo tiene que buscar un lugar hermoso y
hacerlo suyo.
María De Vecchi Gerli