Átavilen negro (liwyatan niger)
por Jorge Campos Téllez
La
brutalidad de esta bestia no deja que se haga una descripción sin que la pluma tiemble. Aquellos afortunados que han
salvado su vida, no lo recuerdan; aquellos que han flaquecido, lo olvidan. Y es
así que la mayoría de las crónicas que relatan encuentros con él vienen de los
que sobreviven a los sobrevivientes. Hay que ser francos: un encuentro con este engendro, no dejará ni rastros de su víctima.
Además, una particularidad pavorosa del desdichado es su infinita piedad: no toma vidas, las deforma, hace
irreconocibles los rostros de quienes lo han mirado. Espeluznante animal, éste,
el átavilen negro que mata sin tomar la vida.
La
primera vez que se supo de él fue después de los treinta años de guerra. Al
parecer (porque, como siempre, la documentación es escasa), un grupo de
protoantropólogos lo nombró y lo hizo existir. En el caso del átavilen negro, nombrarlo es darle materia y bajar las guardias totalmente
frente a su ataque. Y así se hizo, y las víctimas fueron millones. Por tal razón no hay documentación del átavilen
en su génesis.
Otro
protoantropólogo, de vida igualmente ajetreada—Tom Jöbz—,dejó una pequeña etnografía del átavilen, tal y como se le vió en el
centenario dieciséis después del Cristo.
Fuera de ese documento, las vistas del átavilen han quedado esporádicamente
documentadas. En Europa y Estados Unidos se ha reportado el número mayor de
casos de ataque del átavilen: si esto fuese contabilizado, se diría
que hay una plaga, pero se sabe (como se ha explicado) que los casos de ataque pocas veces quedan en la
memoria de la víctima. Un grupo de francéses fue severamente atacado en 1790;
varios alemanes sufrieron mordidas y lesiones en 1862; la península italiana
tuvo heridos muchos en 1870.
Actualmente,
los avistamientos han sido cada vez más raros. Parece que durante las décadas
de los sesentas y setentas se le vio rondar por todo el África negra, por el
este sur del Asia. Algunos documentos registran la histeria que causó, pero, al
igual que siempre, se olvidó que se le había visto. Resulta de sumo extraño
como se evapora, se disipa, se disuelve: es líquido, gas y sólido. En tiempos
recientes parece se ha vuelto el animal más persistente: renace como el fénix,
muerde como el león, envenena como escorpión, y lo más brutal de todo, desata
el irrefrenable impulso del fetiche en todo el que lo ha visto. Se le
representa en telas, en piedras y viviendas, en pavimentos, en estatuas, en
lenguajes y categorías de pensamiento. El animal, el monstruo más frío de todos
está, hombres, está en todo…
Un
aventurero, Rigan, intentó matarle cuando lo vio…
olvidó que renacía, y lo desquició. Flaqueo y olvidó el encuentro, jamás podrá
decirnos cómo es el átavilen. Pareciera que todos
saben cómo es pero activamente dejan que no se hable de él…eso sería paranoia.
Dulce vida la que nos da, ¡oh!, el átavilen negro…
Jorge
Campos Téllez