El gato
Por Antón Aguilar
García
Todo lo
que sigue aquí es ficción y sin embargo revela uno de mis más grandes secretos.
Mi madre odia a los gatos. Si alguno se acerca ella se enroncha y grita hasta
que alguien se encarga de deshacerse del animal. No los puede ver ni en
pintura. O más bien, no los puede ver más que en pintura, porque hace tiempo
colgó el retrato de un gato azul en un muro de su consultorio. Creo incluso que
alguna vez oí decir que dejó de frecuentar a su mejor amiga porque tenía un
gato.
Debo
referir aquí que la única mujer de la que he estado enamorado me recomendó en
algún momento que leyera la novela Yo, el
gato de Soseki Natsume.
Nunca pude terminar de leerla. Ahora que lo pienso, esa chica tenía algo de
felino: no sé si la manera de inclinar la cabeza o algunos ruiditos que de
pronto producía. De hecho ahora me viene a la mente que la mayor parte de las
personas con las que he tenido algún encuentro erótico tienen algo de ese
hedonismo gatuno irresistible y repulsivo.
Y sin
embargo, a mí me aterran los gatos. Cuando los veo quiero acercarme a ellos y
acariciarlos. Pero siempre me retengo porque pienso que van a hacerme daño.
Nunca
había reparado en estas cuestiones hasta hace algunas semanas cuando tuve dos
pesadillas con gatos. En el primer sueño yo pateo por accidente a un gato que
se abalanza con una crueldad insoportable sobre mi cabeza. Me azoto contra la
pared para tratar de deshacerme de él, pero cada que lo estampo contra el muro,
el gato se vuelve más agresivo y me lastima más. Yo grito “castigo divino! castigo divino!” hasta que la madre de mi mejor amigo me
quita al gato de encima y lo encierra en una jaula. En el segundo sueño mi
madre quiere matar a un gatito pero no se atreve. Yo le quiero ahorrar esa pena
y me ofrezco para matar al gato. Debo inyectarle una sustancia en el pescuezo
pero no puedo. Ambos sueños fueron muy angustiosos y no sé bien por qué se
quedaron fijos en mi consciencia.
Todo esto
viene a cuento porque el otro día
recordé que era cumpleaños de mi madre y no le había comprado ningún
regalo. Todo el día estuve tenso con ese pendiente. Al final no le compré nada
y por la noche me invadió la zozobra. Me pregunté por qué soy incapaz de
comprarle un regalo a mi madre y por qué lo pasé tan mal el día de su
cumpleaños. Tardé mucho tiempo en entenderlo pero ahora lo veo con toda
claridad: yo soy el gato. Por eso no puedo alegrar a mi madre en su cumpleaños;
por eso me he ido tan lejos, porque no me puede ver más que en pintura; por eso
no puedo matar al gato y lo he encerrado en una jaula; por eso me fascinan los
gatos; por eso tengo tanto miedo de que me lastimen. Yo, el gato.
Yo la adoro y no he dudado nunca del
amor de mi madre. Pero mi madre no
soporta a los gatos.
Antón
Aguilar García