Fernando
por Pedro Contró
Prado
El día de ayer desperté con una
agradable sensación de ligereza. Dicha sensación me acompañó durante el
desarrollo de la cotidiana serie de eventos matinales: girarse e incorporarse
en la cama, alcanzar las pantuflas, meterse a la ducha, secarse el cabello,
preparar el desayuno, etc. todo con la debida causalidad guardada.
Pues bien, seguía yo disfrutando de
la compañía de tan estupenda sensación mientras caminaba por la calle, cuando
me di cuenta que, como al buen Octavio le ocurrió en su momento, el muro por el
que paso cada día había dejado de ser el mismo muro de todos los días.
Me acerqué, curioso a examinar el
color verde y la textura rugosa, constatando que el muro seguía teniendo las
mismas particularidades que los días anteriores: conservaba su homogeneidad, su
inmovilidad, incluso su gesto lacónico e inexpresivo. Sin embargo, descubría en
ese muro algo más, algo que se me revelaba por primera vez y que me es
imposible relatar con palabras.
Estaba yo en tal trance ontológico,
cuando vi un pequeño animalejo que hacía de un pequeño orificio en el muro su morada. Supuse tomaba aquel agujero como yo hacía de mi
habitación un par de cuadras más atrás: un refugio personal del mundo y un
espacio propicio para mis las cavilaciones.
Observé sin pudor aquel animalejo entretejer su vida y
sus preocupaciones. Me acomodé tranquilamente a observar cómo iba de un lado
para otro, siempre tratando de encontrar en el nuevo sitio lo mismo que parecía
haber buscado en el primero, pero que parecía nunca hallar del todo. Lo vi tropezar
con otras alimañas como él, algunas le
respondían con aprecio, otras con indiferencia y unas más con agresión.
Mi animalejo, al que después de tomarle cariño decidí llamar
Fernando, se despertaba todos los días a la misma hora, iba a realizar tareas
que eventualmente le procuraban techo y comida, y utilizaba los ratos libres
para leerse un buen libro o escuchar un disco de jazz. Todo lo cual acontecía en
aquel mundo perpendicular a la banqueta de grietas y moho.
Un buen día, pensando que Fernando no podría
sorprenderme con nada nuevo, Fernando me habló: “¡Hey
tú! ¿Quién te crees tú que piensas que puedes ser solamente un tieso espectador
y que no te debes de comprometer en nada con este mundo que observas?” Le
respondí que no era mi intención haber sido indiscreto, y que si por alguna
razón había pasado tanto tiempo ahí observándolo era porque su comportamiento
reflejaba tan cercanamente el mío, que sentía que él vivía un poco por los dos.
Fernando pareció no importarle demasiado mi respuesta,
quizá demasiado sentimental, y volvió como de costumbre a sus actividades
cotidianas.
Supuse que aquí había algo a reflexionar, así que
mientras removía mi mentón con la mano derecha tratando de encontrar
significado a tal serie de eventos, escuché detrás de mí: “¡Hey
Fernando!, ¿qué haces ahí mirando ese muro?”
Era mi colega del trabajo, al cual identifiqué por la
corbata violeta a cuadros que lleva todos los martes. “Nada” le dije, y fuimos
juntos a tomar el autobús.
Pedro Contró Prado