Fritgzwan
por Luk (hallazgo
accidental en un viaje al gran desierto del sur)
Animal foráneo y distemporáneo.
Sus extremidades asoman cuando no desea que su vientre toque el pavimento de
las autopistas que suele deambular solo bajo noches de luna menguante. Gusta de
pasar largas horas observando las danzas intermitentes de los follajes arbóreos
aunque es bien sabido que padece de una peculiar fobia a la corteza de los
troncos, especialmente durante los otoños. En los viejos tiempos se le
atribuían bondades gastronómicas y, según la línea de su fugaz e impaciente
mirada, poderes predictivos en cuanto a la sexualidad displacentera
o no de quienes le miraban con repulsión (caso contrario de quienes le miraban
con genuino interés, tratando de averiguar donde terminaba su cabeza y
empezaban sus tímidas extremidades).
El sobrevalor
actual del Fritgzwan se fundamenta en la creencia que
dicta que al roce con el pie humano, dicha bestia libera aromas que permiten el
desarrollo de las cosechas de frutos dulces. Justo es aclarar que si bien la
creencia recién expuesta es falsa, sí ocurren ciertos eventos por
demás eróticos ante la interacción de nuestro animal con el pie humano (incitador
el toque con el talón y apaciguante el roce con la planta).
Muchas horas han dedicado los faunólogos a explicar tanto la circular anatomía
del Fritgz (como cariñosamente le han bautizado en pos
de la economía lingüística); como su reactividad al
tacto con la extremidad humana, encontrando diferencia entre el pie izquierdo o
el derecho, de hombre o mujer.
Aquéllos que dicen que el Fritgzwan es un pariente lejano del Bradipus variegatus
olvidan la repulsión del ente hacia la flora terrestre, aún cuando contradictoriamente
pueda pasar la mayor parte del día hipnotizado por los matices ocres y verdes
mezclados en la brisa vespertina; los que claman que el Fritgz
es descendiente directo de las Geochelone gigantea obvian
el hecho de que el Fritgz carece de cráneo y
caparazón, existiendo en su lugar unas elásticas extensiones de piel útiles
como puente entre su sistema nervioso y su sistema motor. Es consenso entre la
comunidad científica que el peor error está en pensar que el Fritgz siquiera algo comparte con la fauna terrestre,
incluida la raza humana; que en todo caso, es una entidad alienada en su
genética y que por mera conveniencia se le ha categorizado como animal. Por
otra parte la voz unánime de la comunidad del buen paladar (cualesquiera
sea su connotación), dicta que es inútil indagar sobre la etiología de tan
fantástico ser, que mas bien importa indagar el tiempo que pueda pasar su
vientre en contacto con el chapopote de las carreteras, la intensidad del frote
del pie o el talón de los varones más no el de las mujeres, la duración de sus
miradas sin importar la interpretación de las mismas, y la repercusión de los
fenómenos anteriores en una buena cosecha de frutos dulces con aromas sólo de
tipo cítrico.
¿Y el por qué de todos estos criterios de la
negada comunidad del buen paladar? Sencillo. La exposición prolongada o la
acumulación de los mismos se asocia al endurecimiento de los nervios ópticos y
fibras nerviosas plantares del Fritgz, que por
su anatomía, comparten un espacio en sus entrañas. Esto provoca que a su muerte,
la descomposición de nuestro animal nada bien comprendido alcance a velocidades
aún sin precisar todo lo que se haya sembrado en un radio de aproximadamente
mil kilómetros, a excepción de los árboles de frutos dulces.
Dado el antecedente de años a partir
de los cuales la dieta se ha reducido exclusivamente a estos frutos dulces, y
en consecuencia se han provocado estragos en los
sistemas digestivos humanos, al incomprendido Fritgzwan
se le venera sin saber exactamente si existe coincidencia entre los eventos
antes descritos.
Se le teme por su inocuidad a los
paradigmas científicos contemporáneos, y se le experimenta como Darwin hacía en
sus viajes a bordo del Beagle, hace ya algunos
siglos. Lo que nadie se pregunta es por qué el Fritgz
cambia de color antagonizando un típico camuflaje cuando algún humano, cerca o
no de él, pretende terminar de calcular el valor de pi; o bien, el por qué de
su apareamiento violento y trasgresor cuando algún visitante ajeno al
planeta trata de dilucidar la incapacidad humana para evolucionar
a partir de su vulnerabilidad onírica.
Así es el Fritgzwan,
foráneo y distemporáneo, nada elemental
y bastante mal interpretado o entendido. Lo que nadie ha imaginado (o al
menos nadie se ha atrevido a hacerlo), es hacer compañía al Fritgz,
y así descubrir lo que en el planeta ocurre durante los minutos de
luna menguante, frente a los árboles de hojas que rítmicamente hacen
resistencia a la brisa nocturna. Nadie tiene tiempo, paciencia ni expectativas
ya para estas cuestiones. Precisamente sea ésta constelación de sucesos la
mejor definición de tan adolescente animal, o mejor dicho, adolescente entidad
nocturna.
Quetzalcóatl Hernández Cervantes
mail@quetzalcoatlhernandez.com