La mastorra
por José
Garrapatas
Mircea
Eliade, en su grandiosa y absurda labor de historiador de religiones,
visionó en uno de sus
libros la tribu de los Kepara al norte de Rusia. De
aquellos hombres
arcaicos llegaron sólo hasta nuestros días once cueros de
bisonte inundados en
simbología piadosa. Se sabe que la biblioteca de los
Kepara, preservada a
lo largo de milenios por los Yenets de Siberia,
contaba
con más de cinco mil
pieles bóvidas. La desaparición de dichos documentos se le
atribuye a Iván IV
El Terrible, quien tras la conquista de Siberia acaecida a
finales del XVI,
autorizó a sus ejércitos portar dichos libros como cubiertas
contra el clima
accidentado de la región. Sin embargo, de aquella expedición de
condiciones extremas
se sabe que sólo volvieron diez hombres y su adalid. Para
fortuna de nuestros
bestiarios, estos mortales habían elegido los once cueros de
mayor grosor y de
más punzantes grabados. Es ahí, sobre la epidermis de once
cíbolos ignotos, que
se narra la fabulosa existencia de la mastorra:
La mastorra es el único animal sin
sombra: los dioses se la han
prohibido a cambio de
la inmortalidad. Al tacto, su piel moja como lo hacen las
aguas del lago
Baikal, fría y sórdidamente. Su lengua mide cuarenta pies y la
utiliza para
alimentarse de algas de profundidad media, también para emitir un
silbido que sólo
puede ser escuchado por los hombres cuarenta días después. La
mastorra carece de
ojos y su visión del mundo la obtiene a partir del olfato. Se
cree que puede tomar
la forma de una zorra o un águila, e infundir con su mirada
el ímpetu que en los
hombres hace fundar ciudades e imperios. Se desconoce si es
un sólo espécimen
pues en su andar antigregario no deja huella ni rastro.
Durante su
existencia perenne ha sido condenada a fungir como impar testigo del
sempiterno retorno
del tiempo. Sólo la salvará reencontrar su sombra, la cual se
cree que fue
liberada en el extremo contrario del hemisferio. El mito agrega que
también es posible
liberarle si con un espejo fracturado se refleja sobre sus
lomos el primer rayo
de sol: sólo esa luz rota le procuraría mortandad. Desde
tiempos muy remotos,
las mujeres y hombres de la tundra, cuando salen antes que
el sol en búsqueda
de alimento, penden a sus cuellos pequeños espejos cuarteados
con esperanza de
encontrar y liberar a la mastorra, pues se cree que aquel que
le libere recibirá
bienaventuranza y justicia.