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Animales fantásticos: el Weshtz

por José Garrapatas

 

Uno que en realidad son muchos afirmó Eric Satie cuando un periodista le pidió

una descripción de su musicología en 1901. Varios que en realidad son uno afirmó

muchos siglos antes Herodoto de Halicarnaso, al hablar en su tercer libro de La

Historia sobre los dioses de la mitología antigua. Existe, y aquí el tiempo

verbal es de exigua pujanza, una bestia que, como la música de Satie y los

dioses griegos, es contradicción, es unidad y grupo en simultaneidad. La poesía

persa del siglo XI, compara un ser vivo de extraña compostura en alguno de sus

Robaiyat con las aguas que rodean la India y la península Arábica: un mismo

océano, diversos mares. Esta misma fórmula utilizarían los alquimistas otomanos

de finales del XIV pensando que el reflejo de la imagen propia entre dos espejos

haría multiplicar sus vidas infinitamente. Se ha sabido que el Weshtz, nombre

que le adjudicaron los judíos ortodoxos a la bestia quizá más temida de la

antigüedad, fue una criatura cuya alma, única castigada por Dios durante la

Creación, fue dividida entre varios animales de accidentadas fisiologías. Es por

lo tanto carente de descripción física o geográfica y se conocen sólo dos

importantes rasgos de su existencia:

1.         Cuando cae en ira, corre alrededor suyo un remolino apresurado de dientes de

león.

2.         Al establecer corta distancia con la bestia, los astrolabios de los viajeros

enferman y sus agujas confunden el Norte con el Sur, el Oriente con el

Occidente; de esta forma el Weshtz se resguarda y  les aleja de manera

irremediable. 

 

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